No alcanza con restablecer una función: el desafío de reconstruir la contrainteligencia militar
Qué implica que las Fuerzas Armadas argentinas vuelvan a ejercer una capacidad que durante casi veinte años no se desarrolló plenamente.
Introducción
La decisión del Ministerio de Defensa de restablecer funciones de contrainteligencia militar dentro de las Fuerzas Armadas (FF.AA.) merece una lectura que vaya más allá del dato administrativo. A partir de información pública disponible difundida por medios periodísticos, se desprende que la medida reorganiza el Sistema de Inteligencia de Defensa, restablece funciones de contrainteligencia militar y deja atrás una normativa vigente desde 2006 (Chaves, 2026).
El análisis de fondo no es solamente qué norma se derogó ni qué estructura recupera una competencia, sino qué significa para un Estado que sus FF.AA. vuelvan a ejercer una capacidad que durante casi veinte años no se habría desarrollado plenamente como práctica orgánica, sostenida y profesionalizada. Invito al lector a detenerse en esa diferencia, porque allí encuentro la verdadera dimensión del problema.
Una competencia puede restablecerse mediante una decisión normativa, pero una cultura profesional no vuelve de manera automática. La contrainteligencia militar (CIcia) no es una oficina, una sigla o un trámite administrativo. Es una capacidad compuesta por doctrina, cuadros formados, experiencia acumulada, criterios de análisis, hábitos de reporte, procedimientos, coordinación institucional, conocimiento de amenazas, protección del personal y memoria de casos. Si esa capacidad no se ejercita durante años, difícilmente pueda conservarse intacta.
Por eso, el debate no debería quedar reducido a una simple oposición entre volver al pasado o no hacer nada. El desafío es más exigente, reconstruir una función necesaria para proteger el instrumento militar, bajo reglas democráticas, con límites normativos claros y con personal profesionalmente preparado para actuar dentro de ese marco.
Qué es CIcia y qué no es
La CIcia no es espionaje interno, inteligencia política, vigilancia social ni seguimiento de ciudadanos. En una democracia, esa distinción resulta indispensable, más aún en un país cuya historia obliga a observar con especial cuidado cualquier ampliación de funciones vinculadas inteligencia militar.
La Ley de Inteligencia Nacional reconoce la contrainteligencia militar como una actividad orientada a prevenir, detectar y contrarrestar acciones de inteligencia de actores que intenten afectar el propio poder militar (República Argentina, 2001). Esa definición permite delimitar el objeto protegido. No se trata de la sociedad, de la opinión pública ni de la actividad política lícita, sino del propio poder militar.
Dicho de otro modo, la CIcia militar no es una herramienta para mirar hacia adentro de la sociedad, sino una función destinada a proteger al instrumento militar frente a actores que intenten conocerlo, penetrarlo, condicionarlo o vulnerarlo.
La seguridad común protege una puerta, una base, una computadora, un archivo, una credencial o una instalación. La CIcia agrega otra capa de razonamiento, porque intenta comprender quién quiere conocer eso que se protege, por qué le interesa, cómo intenta obtenerlo, qué vulnerabilidad técnica, humana o institucional podría estar explotando, qué patrón se repite y qué puede aprender la institución de ese intento.
La seguridad protege el objeto. La CIcia intenta comprender la intención adversaria sobre ese objeto.
Esta diferencia es relevante porque una guardia puede impedir un ingreso, una clave puede bloquear un acceso y un protocolo puede ordenar el resguardo de un documento, aunque todo eso no alcance para comprender si detrás de una consulta extraña, una filtración, una aproximación social, una vulneración menor o un intento fallido existe una actividad orientada a conocer, condicionar, explotar o degradar capacidades militares.
Qué hicieron las FF.AA. durante este tiempo
Durante el período restrictivo no sería correcto afirmar que las FF.AA. argentinas carecieron de toda forma de seguridad. Existieron medidas de protección de instalaciones, controles de acceso, compartimentación, custodia documental, inteligencia estratégica militar y Medidas de Seguridad de CIcia (MSCIcia).
Las MSCIcia son importantes porque ayudan a comprender qué se conservó y qué pudo haber quedado incompleto. En términos legales, la Ley de Inteligencia Nacional las reconoce como medidas pasivas destinadas a evitar que actores estratégicos estatales y no estatales conozcan la propia situación, y dispone su adopción en el Sector Público Nacional (República Argentina, 2001).
Ahora bien, interpretar las MSCIcia solo desde la palabra pasivas podría dejar en sombra una parte de su valor. Aunque su definición jurídica las ubique dentro de las medidas pasivas, en la práctica pueden producir un efecto preventivo relevante, porque no se limitan a custodiar un activo, sino que también pueden contribuir a detectar, registrar o advertir un intento de obtención, acceso o vulneración sin revelar al adversario que fue advertido.
En el ámbito militar, las MSCIcia pueden pensarse como medidas de seguridad con finalidad de CIcia. Buscan proteger, pero también evitar que un actor adversario conozca la propia situación, o permitir que la institución identifique un intento de vulneración sin exponer de inmediato su capacidad de detección.
Una cámara visible disuade, una cerradura protege y un control de acceso restringe. Pero una medida diseñada para saber discretamente si alguien tocó, movió, copió, consultó o accedió a algo sensible sin advertirle que fue detectado pertenece a otra lógica. No es solo seguridad común, sino seguridad con finalidad de CIcia.
De todos modos, las MSCIcia no reemplazan una CIcia plena. Pueden advertir que alguien intentó mirar, mientras que la CIcia completa debería intentar comprender quién quiso mirar, para qué, cómo lo hizo, qué vulnerabilidad aprovechó, si existe un patrón y qué debe hacer el Estado con esa información.
Quién suplió parcialmente esa función
Durante estos años no hubo un vacío absoluto del Estado. La contrainteligencia nacional o civil siguió existiendo dentro del sistema nacional de inteligencia, la inteligencia criminal continuó en manos de los organismos competentes y las fuerzas federales mantuvieron sus capacidades dentro del campo de la seguridad interior, la investigación criminal y la protección sectorial.
Sin embargo, esa cobertura no reemplaza automáticamente una CIcia militar orgánica. La diferencia está en la proximidad. La contrainteligencia civil puede observar amenazas contra el Estado, espionaje, sabotaje, injerencia o interferencia, mientras que la inteligencia criminal puede estudiar organizaciones delictivas, rutas, mercados, financiamiento y modalidades operativas. La CIcia militar, en cambio, necesita conocer la vida concreta del instrumento militar, sus unidades, sistemas de armas, rutinas, personal, mantenimiento, documentación técnica, proveedores, despliegues, vulnerabilidades humanas y procedimientos operacionales.
El problema, entonces, no sería que nadie cubriera nada, sino que la cobertura pudo haber quedado funcionalmente incompleta. Quien tenía la función general no siempre tenía la proximidad militar, y quien tenía la proximidad militar no necesariamente contaba con una CIcia plena, orgánica y sostenida.
Propongo al lector pensar en una situación cotidiana dentro de cualquier organización compleja.
Un organismo externo puede saber que existe una amenaza general, pero quien conoce las debilidades concretas de una capacidad es quien convive con ella. En el ámbito militar, esa cercanía permite saber quién opera un sistema, qué proveedor ingresa, qué rutina se repite, qué personal está desplegado, qué documentación circula y qué vulnerabilidad aparentemente menor puede convertirse en sensible. Esa cercanía no es meramente administrativa, sino operativa.
Veinte años no pasan gratis
Suele suponerse que una capacidad estatal puede suspenderse durante años y luego recuperarse de manera inmediata. En materia de CIcia, esa suposición sería problemática.
La CIcia es una cultura profesional compuesta por doctrina, cuadros formados, experiencia acumulada, criterios de análisis, hábitos de reporte, confianza interinstitucional, procedimientos, memoria de casos y reflejos operativos. Cuando una función de este tipo deja de ejercerse plenamente durante casi veinte años, no permanece intacta esperando ser reactivada, sino que podría sufrir una erosión profunda en sus componentes específicamente profesionales.
Esto no significa que las FF.AA. hayan quedado sin seguridad, ni que todo conocimiento haya desaparecido. Significa algo más preciso. Durante dos décadas podrían haberse degradado capacidades específicas de CIcia, como el análisis de patrones, la explotación de indicios, la cultura de reporte, la detección de aproximaciones humanas, la formación de especialistas, la continuidad de casos y la transmisión generacional de criterios profesionales.
Una cosa es custodiar una instalación, proteger un documento o controlar un acceso, y otra muy distinta es detectar una aproximación adversaria, interpretar una anomalía, reconstruir un patrón, preservar una fuente, coordinar con otros organismos y transformar un incidente en aprendizaje institucional.
El verdadero costo de veinte años sin CIcia plena no está solo en lo que no se hizo, sino en lo que dejó de aprenderse, transmitirse y practicarse.
Ese costo también tiene una dimensión generacional. El personal militar y civil que hubiera acumulado experiencia antes del ciclo restrictivo se encuentra hoy, en buena medida, retirado, próximo al retiro o alejado de la práctica cotidiana. Puede aportar memoria, criterio y advertencias, aunque difícilmente pueda sustituir por sí solo la formación de una nueva generación de especialistas.
Al mismo tiempo, gran parte del personal en actividad se formó profesionalmente en un sistema donde la CIcia plena no era una práctica normalizada. Por eso, recuperar la función no será simplemente convocar a quienes recuerdan cómo se hacía. Habrá que reconstruir doctrina, formar cuadros, actualizar instructores, recuperar criterios profesionales y generar experiencia nueva.
Aquí aparece la doble curva de aprendizaje. Por un lado, deberán formarse nuevos elementos capaces de ejercer CIcia en el escenario actual. Por otro, quienes actúen como instructores, mentores o recuperadores de experiencia también deberán actualizarse, porque la CIcia de hoy no puede ser una copia de la de hace veinte años.
Por qué importa especialmente ahora
La CIcia siempre fue importante. Toda fuerza armada necesita proteger su información, su personal, sus medios, sus instalaciones y sus procesos de decisión, aun en contextos de baja modernización o escaso despliegue.
El escenario actual, sin embargo, le agrega una urgencia particular. Argentina atraviesa una etapa de recuperación y modernización de capacidades militares. La incorporación de F-16, la transición posterior a la baja de los A-4AR, los radares, los P-3C Orion, la vigilancia aeroespacial, las operaciones fronterizas, el ciberespacio, las infraestructuras críticas y los objetivos de valor estratégico configuran un ambiente más exigente.
El Decreto 1112/2024 derogó expresamente el Decreto 727/2006 y redefinió el marco de defensa frente a amenazas y agresiones de origen externo. También contempla agresiones provenientes de organizaciones terroristas u otras organizaciones transnacionales, e incluye espacios como el aeroespacial, el ciberespacial y el espectro electromagnético (República Argentina, Poder Ejecutivo Nacional, 2024).
Esto no convierte a las FF.AA. en una fuerza policial ordinaria ni elimina los límites democráticos, pero sí obliga a pensar la defensa en un contexto más amplio y complejo.
Una fuerza que se moderniza se vuelve más capaz, pero también más visible y más interesante para actores que podrían verse afectados por ese crecimiento. Estados con intereses económicos o estratégicos en la región, organizaciones criminales que dependen de rutas aéreas, terrestres o marítimas, y estructuras terroristas o transnacionales podrían tener incentivos para conocer, anticipar, condicionar o degradar capacidades militares argentinas antes de que alcancen plena madurez.
No se trata de afirmar que esos actores estén actuando hoy contra las FF.AA. argentinas. Se trata de reconocer una lógica básica de CIcia, según la cual, cuando una capacidad estatal empieza a interferir, o puede interferir en el futuro con intereses adversarios, aumenta la posibilidad de que esos actores intenten observarla, medirla, penetrarla, evadirla o neutralizarla preventivamente.
La modernización militar no solo exige pilotos, mecánicos, repuestos, doctrina, infraestructura y presupuesto. También exige CIcia. Cada sistema nuevo trae información sensible, personal expuesto, proveedores, instructores, documentación técnica, rutinas, cronogramas, comunicaciones, brechas de transición y dependencias logísticas.
Una fuerza que se moderniza no solo incorpora poder, también se convierte en un objeto más valioso de inteligencia.
La capa 8 y el factor humano
Para comprender mejor esta idea, conviene hacer una aclaración previa. En el mundo de las redes informáticas suele utilizarse el modelo OSI (Open Systems Interconnection), que ordena las comunicaciones en siete capas. De manera muy sintética, la primera capa es la física, vinculada al soporte material de la transmisión; la segunda es la de enlace de datos, que organiza la comunicación directa entre dispositivos; la tercera es la de red, asociada al direccionamiento y enrutamiento; la cuarta es la de transporte, que administra la transmisión entre extremos; la quinta es la de sesión, que permite establecer y mantener intercambios; la sexta es la de presentación, que trabaja sobre el formato de los datos, y la séptima es la de aplicación, donde interactúan los servicios que finalmente utiliza el usuario.
A partir de ese esquema, en ciberseguridad se habla informalmente de una “capa 8” para referirse al factor humano. La expresión no pertenece al modelo técnico original, pero resulta útil para recordar algo que también importa en CIcia. Una organización puede proteger cables, redes, accesos, sistemas, contraseñas, documentos y dispositivos, aunque seguir expuesta si las personas que operan, conocen o sostienen esos sistemas no están formadas para reconocer aproximaciones, presiones, ingeniería social, exposición digital o intentos de obtención informal.
No se protege solo un avión, un radar, una base o un documento. Se protege también al piloto, al mecánico, al operador, al técnico, al analista, al proveedor, al instructor extranjero, al personal desplegado y a sus rutinas.
Aquí entra una dimensión que suele quedar fuera del debate público, la inteligencia de fuentes humanas (HUMINT). En trabajos previos publicados en El Analista se ha propuesto pensar HUMINT no como una simple técnica de acceso a información, sino como un trabajo situado sobre interacciones humanas, atravesadas por confianza, percepción, memoria, sesgos, motivaciones e incertidumbre (Salmerón, 2026a, 2026b). Esa precisión resulta útil para este análisis, porque la CIcia militar no protege solamente sistemas, documentos o instalaciones, sino también personas, rutinas, vínculos y contextos donde la información puede emerger, circular o ser explotada.
En clave defensiva, HUMINT no significa espiar hacia afuera ni vigilar indiscriminadamente al propio personal. Significa formar una capacidad para reconocer aproximaciones, preguntas persistentes, presiones, intentos de captación, exposición digital, ingeniería social, amenazas familiares, vulnerabilidades económicas o relaciones instrumentales que puedan afectar al instrumento militar.
Un adversario puede no necesitar vulnerar directamente un sistema si logra aproximarse a quienes lo operan. Puede buscar información en conversaciones informales, redes sociales, fotografías, rutinas de alojamiento, traslados, bares, restaurantes, vínculos familiares o datos personales expuestos.
Una frase aparentemente menor puede no decir nada por sí sola, pero varias frases menores pueden reconstruir un patrón. Cuándo se vuela, dónde se aloja el personal, qué equipo está fuera de servicio, cuándo llega un relevo, qué radar tiene problemas, qué proveedor entra a una instalación o qué cronograma real existe detrás de un anuncio público.
La CIcia debe proteger medios y personas, documentos y conversaciones, sistemas y rutinas. La capa humana no es un residuo de la seguridad técnica, sino una parte central del problema.
Los desafíos de reconstruir la capacidad
Recuperar la CIcia militar implica enfrentar problemas prácticos que no se resuelven con una firma.
El primero es formar nuevos cuadros. Hace falta personal seleccionado, entrenado, evaluado y supervisado. La CIcia requiere criterio, paciencia, comprensión legal, prudencia, conocimiento institucional y capacidad de interpretar señales débiles.
El segundo es recuperar experiencia sin depender eternamente de ella. El personal militar y civil que haya conocido parte de esa función puede aportar memoria y oficio, pero no puede convertirse en el sostén permanente de la reconstrucción. Su valor está en funcionar como puente generacional.
El tercero es actualizar instructores. La CIcia actual debe incorporar ciberespacio, fuentes abiertas, inteligencia artificial, operaciones de influencia, crimen organizado tecnificado, terrorismo transnacional, sistemas no tripulados, infraestructura crítica y vulnerabilidades humanas fuera de la unidad militar.
El cuarto es reconstruir coordinación interagencial. La CIcia militar no puede actuar aislada, pero tampoco debe disolverse en otros organismos. Debe coordinar con inteligencia nacional, inteligencia criminal, ciberinteligencia, fuerzas de seguridad y justicia cuando corresponda, sin confundir competencias.
La reconstrucción tampoco puede limitarse a cursos sobre normativa, clasificación documental o seguridad física. También exige recuperar capacidades profesionales vinculadas con la interacción humana, como saber entrevistar, escuchar, detectar inconsistencias, conducir debriefings, reconocer señales débiles, distinguir hechos de inferencias y evaluar la confiabilidad de una interacción sin reemplazar el control profesional por mera confianza interpersonal.
En ese sentido, el problema del rapport, entendido como una relación profesional que puede reducir fricción y mejorar la circulación de información en contextos de incertidumbre, resulta pertinente como referencia conceptual, sin que ello implique trasladar mecánicamente sus reglas a todo el campo de la CIcia (Salmerón, 2026a).
Todo este proceso exige un marco normativo claro. Ese marco no es un obstáculo para el personal militar, sino una condición de profesionalismo. Las FF.AA. argentinas cuentan con personal formado para actuar dentro de la ley, bajo conducción institucional y con disciplina profesional. Por eso, reconstruir CIcia no debería plantearse como una amenaza en sí misma, sino como una tarea que debe desarrollarse con reglas claras, controles adecuados y apego estricto a la normativa vigente.
El desafío no es construir una CIcia sin límites, porque esos límites ya existen y deben regir toda actividad estatal. El desafío es construir una CIcia con capacidad real, profesionalizada, coordinada y jurídicamente encuadrada.
El límite democrático
La historia argentina obliga a ser especialmente cuidadosos con cualquier discusión sobre inteligencia militar. Esa cautela no debería paralizar la defensa, pero sí ordenar con claridad el sentido y los límites de la función.
La preocupación pública frente a esta decisión ya apareció en algunos sectores políticos y periodísticos, que la interpretan como una posible vía para reintroducir inteligencia militar sobre la vida interna del país (Suozzi, 2026). Esa objeción no debería ser desestimada sin más, porque la historia argentina vuelve sensible cualquier discusión sobre inteligencia militar. Pero justamente por eso, el debate exige precisión. La forma adecuada de responder a esa preocupación no es negar el problema ni exagerarlo, sino distinguir con claridad entre inteligencia interior, que no corresponde a las FF.AA., y CIcia militar, cuyo objeto es la protección del propio poder militar frente a acciones de inteligencia adversarias.
La CIcia militar no es inteligencia interior. No es vigilancia sobre ciudadanos, partidos políticos, sindicatos, periodistas, organizaciones sociales o debates públicos. Tampoco es investigación criminal ordinaria ni control de la vida política o social. La Ley de Inteligencia Nacional mantiene prohibiciones expresas sobre funciones policiales o de investigación criminal ordinaria, tareas represivas e inteligencia basada en opinión política, pertenencia social, actividad lícita o vida privada.
El objetivo de la CIcia es proteger el propio poder militar frente a acciones de inteligencia adversarias. Esa protección incluye prevenir, detectar y contrarrestar espionaje, infiltración, fuga de información, sabotaje, presión, injerencia, interferencia, explotación de vulnerabilidades o intentos de afectar capacidades militares.
La medida será valiosa si fortalece la defensa, contribuye a reconstruir capacidades profesionales y se implementa con controles, doctrina, formación, conducción institucional y apego estricto a la normativa vigente. En cambio, sería insuficiente si quedara limitada a organigramas, siglas y cursos superficiales.
Reconstruir, no solo restablecer
La decisión del Ministerio de Defensa abre una discusión necesaria. Su verdadero valor no estará solo en la resolución, sino en lo que el Estado sea capaz de construir a partir de ella.
Restablecer una función es el primer paso. Reconstruir una capacidad es otra cosa. Habrá que formar cuadros, recuperar doctrina, generar cultura de reporte, proteger al personal, coordinar organismos, actualizar instructores, aprender de casos, establecer límites legales y construir confianza institucional.
La CIcia no se reactiva, se reconstruye. Y reconstruirla después de veinte años exige tiempo, cuadros, doctrina, práctica, coordinación, legalidad y memoria institucional.
El verdadero desafío no es que las FF.AA. vuelvan a tener CIcia en los papeles. El verdadero desafío es que el Estado argentino sea capaz de reconstruir una cultura profesional destinada a proteger al instrumento militar, con eficacia, legalidad y respeto por los límites democráticos.
Referencias
Chaves, F. (2026, 13 de mayo). Presti restableció la función de contrainteligencia militar y deroga una resolución de la gestión de Nilda Garré. Infobae. https://www.infobae.com/politica/2026/05/13/presti-restablecera-la-funcion-de-contrainteligencia-militar-y-deroga-una-resolucion-de-la-gestion-de-nilda-garre/
República Argentina. (2001). Ley 25.520 de Inteligencia Nacional, texto actualizado. Información Legislativa, Ministerio de Justicia. https://www.argentina.gob.ar/normativa/nacional/ley-25520-70496/actualizacion
República Argentina. Poder Ejecutivo Nacional. (2024). Decreto 1112/2024. Sistema de Defensa Nacional. Información Legislativa, Ministerio de Justicia. https://www.argentina.gob.ar/normativa/nacional/decreto-1112-2024-407456/texto
Salmerón, M. (2026a, 16 de abril). El valor del rapport en inteligencia, entre la confianza, el método y la incertidumbre. El Analista. https://elanalista.com.ar/el-valor-del-rapport-en-inteligencia-entre-la-confianza-el-metodo-y-la-incertidumbre/
Salmerón, M. (2026b, 30 de abril). Psicología y HUMINT: lo que sigue siendo humano en la era de la IA generativa. El Analista. https://elanalista.com.ar/psicologia-y-humint-lo-que-sigue-siendo-humano-en-la
-era-de-la-ia-generativa/
Suozzi, N. (2026, 15 de mayo). Las Fuerzas Armadas van a hacer espionaje interno pretextando contrainteligencia. Prensa Obrera. Reproducido por ANRed el 18 de mayo de 2026. https://www.anred.org/las-fuerzas-armadas-van-a-hacer-espionaje-interno-pretextando-contrainteligencia/
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