Más que un partido: Inteligencia y ataques cognitivos
La Inteligencia suele asociarse, todavía, con espías, operaciones encubiertas, escuchas o información secreta. Es una asociación comprensible, pero incompleta. La Inteligencia también consiste en reunir información disponible, evaluar fuentes, identificar patrones, producir conocimiento y difundirlo para que autoridades, instituciones y ciudadanos puedan comprender fenómenos complejos antes de tomar decisiones. Es el concepto que venimos desarrollando desde el inicio de esta columna1.
En la actualidad, una parte relevante de esos fenómenos se desarrolla en el espacio informativo. Las redes sociales, los medios digitales, las figuras públicas, las organizaciones políticas y los Estados intervienen en discusiones que pueden adquirir una velocidad y una escala inéditas. Un hecho deportivo, una declaración, una imagen o una polémica pueden ser utilizados para instalar interpretaciones sobre una persona, una institución o un país entero.
Recientemente se publicó el artículo “Argentina bajo fuego: Una guerra cognitiva global que el Gobierno todavía parece confundir con una polémica de redes”, el 24 de julio de 2026 por Total News Agency, y eso motivó abordar el tema a desarrollar en esta edición.
El texto sostiene que, luego de la final mundialista entre las selecciones de fútbol de Argentina y España, distintos actores habrían utilizado el resultado deportivo para desacreditar a la Argentina y asociarla con sus alineamientos internacionales.
No es necesario aceptar esa conclusión como un hecho ya comprobado para reconocer la utilidad de la pregunta que plantea. Precisamente, el propósito de la inteligencia es evitar dos errores opuestos: creer que toda crítica o tendencia en redes constituye una operación organizada; o suponer que ninguna controversia pública puede ser aprovechada para influir sobre la percepción de una sociedad.
La pregunta central, entonces, no es si “hablar mal de Argentina” equivale automáticamente a una agresión estratégica. La pregunta es otra: ¿cuándo una controversia deportiva puede ser utilizada como una herramienta de desinformación, influencia hostil o ataque cognitivo?
La extensión del campo de juego: El evento deportivo como soporte narrativo
El fútbol posee una capacidad de movilización emocional difícilmente comparable con otros eventos públicos. Una selección nacional no representa solamente a sus jugadores, su cuerpo técnico o su asociación deportiva. Para millones de personas, condensa identidad, pertenencia, memoria, aspiraciones colectivas e imagen internacional.
Por esa razón, un resultado deportivo puede convertirse rápidamente en algo más que un resultado. Puede ser resignificado como prueba de superioridad moral, como expresión de una rivalidad histórica3, como argumento político o como símbolo de una confrontación geopolítica. El “clásico” Argentina-Inglaterra, por ejemplo, abarca uno o más de estos significados según a quien se le pregunte.
El artículo citado describe cómo el partido de la Selección Argentina habría sido asociado discursivamente con cuestiones ajenas a lo deportivo: los vínculos internacionales del Gobierno argentino, la guerra en Medio Oriente, las posiciones de Estados Unidos e Israel, la cuestión Malvinas y debates políticos europeos. El punto relevante no reside, por ahora, en confirmar que todos esos mensajes respondieran a una misma conducción. Lo relevante es advertir el mecanismo: un hecho de enorme visibilidad y alta carga emocional puede ser aprovechado para insertar narrativas políticas en una conversación masiva.
En ese contexto, la camiseta deja de ser únicamente una camiseta. Puede transformarse en un símbolo al que se le atribuyen ideas, decisiones y alianzas que pertenecen al Estado, al gobierno de turno o, incluso, a actores completamente ajenos al plantel. Así, la crítica a un resultado, una conducta o una declaración puede desplazarse hacia una deslegitimación más amplia del país que representa ese equipo.
Ese desplazamiento es importante porque modifica el objeto de la discusión. Ya no se debate solo un arbitraje, una jugada, una sanción o un comportamiento concreto. Se instala una interpretación general sobre quiénes son los argentinos, qué valores representan o qué lugar ocupan en el escenario internacional.
Crítica, hostigamiento y propaganda: no son lo mismo
El primer paso para entender estos fenómenos es evitar que todo sea denominado “ataque”. En democracia, la crítica es legítima. Puede existir una opinión negativa sobre el desempeño de una selección, sobre la conducta de un jugador, sobre una decisión de la FIFA o sobre la política exterior de un gobierno. Esa crítica puede ser razonable, injusta, exagerada o incluso ofensiva, pero no por eso constituye necesariamente una operación de influencia.
Una controversia pública aparece cuando existen posiciones divergentes sobre un hecho. Puede ser intensa, emocional y masiva sin dejar de formar parte de la discusión social normal.
Una campaña de hostigamiento o deslegitimación, en cambio, supone algo más: la reiteración de mensajes negativos dirigidos contra un objetivo determinado. Por ejemplo, cuando se intenta instalar de manera sostenida que una selección es tramposa, violenta, ilegítima, racista o inmerecedora de sus triunfos. En este plano, el objetivo no es solo expresar una opinión; es fijar una identidad negativa.
La propaganda agrega una finalidad persuasiva. Busca orientar percepciones y conductas mediante mensajes diseñados para movilizar emociones, reforzar adhesiones o identificar adversarios. No siempre contiene información falsa. Puede basarse en hechos reales, símbolos, consignas o interpretaciones seleccionadas para producir un efecto político.
Por ello, una declaración pública que celebra una derrota argentina por su presunta vinculación con determinados gobiernos no debe analizarse únicamente como una opinión deportiva. Puede ser, además, un acto propagandístico: utiliza el fútbol como soporte para reforzar una narrativa política previa.
Sin embargo, incluso allí debe mantenerse la precisión. Que varios actores compartan una narrativa no significa automáticamente que todos integren una red única o reciban instrucciones de un mismo centro de decisión. La coincidencia puede surgir de intereses compartidos, afinidades ideológicas, rivalidades históricas o simples incentivos de visibilidad en redes.
La desinformación por verdad descontextualizada
Uno de los errores más frecuentes consiste en reducir la desinformación a la difusión de una noticia completamente falsa. La desinformación puede incluir falsedades, pero también puede operar con información verdadera presentada de manera engañosa.
Una fotografía auténtica puede ser publicada sin el contexto que explica lo ocurrido. Una declaración real puede ser recortada para modificar su sentido. Una conducta efectivamente criticable puede ser utilizada para extender una condena colectiva sobre toda una selección, un país o un pueblo. Un dato correcto puede ser combinado con una conclusión que no surge de ese dato.
La manipulación informativa puede adoptar, entre otras, las siguientes formas:
- omitir antecedentes relevantes;
- seleccionar solo la información compatible con una narrativa;
- descontextualizar imágenes, videos o declaraciones;
- amplificar un episodio aislado hasta presentarlo como una regla general;
- atribuir intenciones sin evidencia;
- difundir rumores como si fueran hechos confirmados;
- utilizar cuentas, publicaciones o tendencias para dar la impresión de un consenso inexistente.
La clave es que la desinformación procura inducir una interpretación falsa, incompleta o desproporcionada. No requiere inventar todos los elementos de la historia. A menudo, resulta más eficaz utilizar una parte de verdad, porque esa base real vuelve más creíble la conclusión manipulada.
En el caso de un evento deportivo, por ejemplo, puede existir una infracción, un cruce verbal o una conducta que merezca investigación. Reconocer ese hecho no obliga a aceptar que todo el seleccionado, toda su sociedad o todo su país puedan ser definidos a partir de él. El pasaje de un hecho particular a una condena totalizante es, precisamente, uno de los mecanismos que deben observarse.
Operación de influencia hostil: el propósito de modificar percepciones
La categoría de operación de influencia hostil resulta más específica que la de polémica, propaganda o desinformación. Se refiere a una acción, abierta, encubierta o híbrida, orientada a modificar percepciones, conductas o decisiones de una audiencia en perjuicio de un objetivo.
Una operación de este tipo puede utilizar información verdadera, falsa o parcialmente verdadera. Puede difundirse por medios tradicionales, redes sociales, funcionarios, portavoces, organizaciones, influencers o cuentas anónimas. Lo decisivo no es solamente el contenido de un mensaje, sino su función dentro de una estrategia de influencia.
Cuando una operación de influencia procura afectar no solo la reputación de un actor, sino también la cohesión social, la legitimidad institucional o la libertad de acción de un Estado, puede ser analizada como una forma de coerción informativa. En ese nivel, la información deja de ser un mero instrumento de comunicación y pasa a funcionar como un medio para incrementar costos políticos, condicionar decisiones o debilitar la capacidad de respuesta de una comunidad4.
Para analizar si existe una operación, la inteligencia debe responder preguntas concretas:
- ¿Cuál es el objetivo? ¿Una selección, un gobierno, una política exterior, un reclamo soberano o la imagen de un país?
- ¿Cuál es la audiencia a influir? ¿La población argentina, el público internacional, organismos deportivos, gobiernos extranjeros o comunidades específicas?
- ¿Qué narrativa se intenta instalar? ¿Que Argentina es ilegítima, agresiva, racista, aislada o funcional a un bloque determinado?
- ¿Qué canales se emplean para difundirla?
- ¿Existen patrones de sincronización, repetición o amplificación artificial?
- ¿Qué actores se benefician de esa interpretación?
- ¿Qué efecto se busca producir: aislamiento, presión institucional, polarización, pérdida de confianza o debilitamiento de una posición internacional?
Estas preguntas no permiten afirmar automáticamente una operación, pero sí transforman una impresión general en un objeto de análisis. La inteligencia no debería limitarse a decir “hay una campaña” o “no la hay”. Debe identificar evidencias, fuentes, intereses, mecanismos y límites de la atribución.
Ataque cognitivo: disputar la forma de interpretar la realidad
El concepto de ataque cognitivo refiere a una intervención de mayor profundidad sobre la percepción y los marcos de interpretación de una audiencia. No se trata solamente de instalar una mentira o perjudicar una reputación. Se trata de intervenir sobre la forma en que una audiencia comprende los hechos, identifica amenazas, deposita confianza, define aliados y adversarios, y toma posición.
Un ataque cognitivo busca actuar sobre percepciones, emociones, creencias y marcos de interpretación. Su objetivo no es necesariamente lograr que todas las personas acepten una afirmación concreta. Puede procurar algo más amplio: que una parte de la sociedad desconfíe de sus instituciones, perciba como ilegítimos sus símbolos, se polarice o considere inevitable una determinada conclusión.
Aplicado al caso de la Selección, el objetivo potencial no sería solo que el público crea que Argentina jugó mal o cometió una falta. Podría ser que el público internacional asocie al país con una identidad negativa; que determinados organismos reciban presión para sancionarlo; que sus reclamos soberanos sean presentados como provocaciones; o que la propia sociedad argentina se divida a partir de la discusión.
Pero la utilización de este concepto exige prudencia. No puede convertirse en una etiqueta para descalificar toda opinión adversa. Para hablar de ataque cognitivo deben existir, al menos, indicios sólidos de una acción deliberada y sostenida destinada a alterar la interpretación de una audiencia respecto de un objetivo relevante.
Convergencia de narrativas no es coordinación
Este es probablemente el punto metodológico más importante. Distintos actores pueden sostener mensajes compatibles sin actuar bajo una orden común. Un gobierno extranjero, un grupo político, un medio de comunicación, una celebridad, una organización no estatal y usuarios comunes pueden coincidir en una misma crítica por razones diferentes.
La convergencia puede ser espontánea. También puede ser aprovechada. Un actor estatal o no estatal puede detectar una discusión existente e intervenir para amplificarla, orientarla o radicalizarla. En ese caso, no crea necesariamente el conflicto desde cero: utiliza divisiones, emociones o controversias ya disponibles.
Por eso, no corresponde afirmar coordinación solo porque varias voces dicen algo parecido. Para atribuir una campaña coordinada deberían aparecer elementos adicionales: comportamiento inauténtico, mensajes sincronizados, redes de cuentas relacionadas, financiamiento, instrucciones comunes, infraestructura de difusión o vínculos verificables entre los participantes.
Un ejemplo de este tipo de indicios fue documentado por una investigación periodística difundida en abril de 20265. A partir de documentos filtrados, el trabajo identificó una presunta red orientada a insertar contenidos en medios argentinos, con presupuestos, objetivos narrativos, cronogramas, intermediarios y perfiles ficticios. La investigación no logró verificar la totalidad de los pagos ni la participación consciente de cada medio mencionado, lo que ilustra precisamente la necesidad de diferenciar entre indicios de coordinación, atribución confirmada y responsabilidad individual.
La ausencia de esa evidencia no significa que no haya un problema informativo. Significa que debe describirse correctamente. Puede haber hostilidad discursiva, propaganda, manipulación, aprovechamiento oportunista o presión simbólica sin que exista una “mesa de coordinación” única.
La precisión no debilita el análisis: lo fortalece. Una inteligencia profesional no confunde sincronía con coordinación, ni impacto con intención demostrada.
Cuando el ataque une: el efecto rally around the flag
Las audiencias no son receptoras pasivas. Interpretan los mensajes, los rechazan, los adaptan o los utilizan para reforzar sus propias identidades. Por eso, una operación de influencia no debe evaluarse solo por lo que su emisor pretendía lograr, sino por sus efectos reales.
Aquí aparece el concepto de rally around the flag, que puede traducirse como “agrupamiento en torno a la bandera” o, de manera más clara, cohesión frente a una amenaza externa percibida.
En su formulación clásica, el concepto refiere al aumento del apoyo ciudadano hacia un gobierno durante una crisis internacional. Sin embargo, puede aplicarse de forma más amplia. Una crítica exterior considerada injusta, exagerada o maliciosa puede generar una defensa colectiva del país, de sus símbolos, de su representación deportiva o de una posición soberana.
Esto es especialmente relevante en la Argentina. Frente a mensajes que son percibidos como un agravio contra la Selección o contra el país, pueden coincidir ciudadanos oficialistas y opositores que, en otros asuntos, mantienen desacuerdos profundos. También pueden sumarse extranjeros residentes que se sienten integrados a la sociedad argentina. La discusión deja de ser partidaria y pasa a interpretarse como una defensa de algo compartido.
Una campaña de deslegitimación puede buscar erosionar una imagen, pero provocar el efecto contrario: reforzar temporalmente la unidad. La intención del emisor no equivale al resultado producido. Una operación puede generar erosión, polarización, indiferencia, rechazo o cohesión reactiva.
Esta reacción no prueba, por sí sola, que haya existido una operación coordinada. Sí demuestra que una parte de la sociedad interpretó determinados mensajes como una agresión externa. Esa percepción debe ser analizada, no ridiculizada ni utilizada automáticamente como prueba definitiva.
Análisis estratégico: Comprender el fenómeno sin etiquetar la disidencia
La inteligencia resulta necesaria en estos escenarios no para censurar críticas, perseguir usuarios ni convertir toda diferencia en una amenaza nacional. Su función es comprender. Debe reunir información, verificar fuentes, analizar narrativas, distinguir actores, identificar patrones y advertir cuándo una conversación pública está siendo manipulada.
Una respuesta democrática requiere capacidades de análisis de fuentes abiertas (OSINT), verificación de contenidos, alfabetización digital, coordinación institucional y comunicación pública fundada en evidencia. También requiere límites claros: defenderse de la manipulación no puede implicar restringir la libertad de expresión ni tratar como agente hostil a quien cuestiona una decisión, un gobierno o una selección.
Un partido de fútbol puede ser solo un partido. También puede convertirse en una plataforma para proyectar rivalidades, intereses y narrativas políticas. La diferencia no se determina por la intensidad de las redes ni por la indignación que genera un mensaje. Se determina mediante análisis.
Comprender esa diferencia es, en definitiva, una forma de desmitificar la inteligencia: no se trata de ver conspiraciones en todas partes, sino de aprender a reconocer cuándo alguien intenta influir sobre la manera en que una comunidad interpreta y defiende su propia realidad.
REFERENCIAS:
. Desmitificando la inteligencia estratégica.
Link: https://elanalista.com.ar/desmitificando-la-inteligencia-estrategica/
- Argentina bajo fuego: Una guerra cognitiva global que el Gobierno todavía parece confundir con una polémica de redes
- Por qué Argentina vs. Inglaterra es la rivalidad más emocionante, encarnizada y caótica de los Mundiales
- La coerción informativa y la defensa de la democracia.
Link: https://elanalista.com.ar/la-coercion-informativa-y-la-defensa-de-la-democracia/
- Documentos revelan una campaña rusa para influir en medios de Argentina y desacreditar al gobierno de Javier Milei
Aviso Legal: El contenido del presente artículo no fue redactado por #ElAnalista, siendo el mismo exclusiva autoría y propiedad intelectual de su creador. El articulo podría no reflejar las opiniones de #ElAnalista como organismo.
