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Inteligencia y Estado. Apuntes desde la segunda jornada de El Analista

Reflexiones a partir del segundo encuentro del ciclo de jornadas organizado por El Analista, dedicado a inteligencia criminal, inteligencia estratégica militar y nuevos desafíos de la inteligencia en el siglo XXI.

   El segundo día del ciclo de jornadas organizado por El Analista estuvo dedicado a la relación entre inteligencia y Estado. A lo largo del encuentro, tres especialistas abordaron la temática desde perspectivas distintas, vinculadas con la inteligencia criminal, la inteligencia estratégica militar y la inteligencia en el siglo XXI fuera del monopolio estatal.

El texto que sigue propone una lectura analítica de lo conversado. No pretende funcionar como relatoría oficial ni como evaluación de las exposiciones, sino ordenar algunos de los temas que surgieron durante la jornada, recuperar puntos de encuentro, señalar tensiones y ofrecer una reflexión posterior para quienes no pudieron participar o desean volver sobre el intercambio con mayor detenimiento. Invito al lector a tomar estas páginas como una lectura posible, construida sobre lo expuesto durante el encuentro y sobre el análisis posterior de sus ejes principales.

El abordaje de la jornada permitió observar tres planos de análisis. El primero fue de carácter criminal-operativo, vinculado con crimen organizado, terrorismo, ciberespacio, cooperación interagencial y nuevas modalidades del delito complejo; el segundo fue de carácter estratégico-militar, centrado en geopolítica, intenciones estatales, guerra híbrida, guerra social, desinformación y lectura del escenario internacional; y el tercero fue de carácter sistémico-tecnológico, orientado a pensar el lugar del Estado en un escenario donde datos, algoritmos, plataformas, proveedores privados y capacidades analíticas ya no se encuentran concentrados exclusivamente en estructuras públicas.

De ese recorrido podría inferirse como primera cuestión de fondo que la inteligencia sigue siendo una función estratégica del Estado, aunque las condiciones en que debe ejercerse se han vuelto más complejas. Ya no alcanza con imaginarla como una actividad cerrada, autosuficiente, puramente estatal y ordenada en compartimentos rígidos, ni parecería adecuado concluir que esta transformación conduce necesariamente a privatizar la inteligencia o a diluir la responsabilidad pública. El problema puede pensarse más bien en cómo sostener conducción estatal, legalidad, método, control y finalidad pública en un entorno donde amenazas, datos y capacidades se encuentran cada vez más distribuidos.

Tres miradas sobre un mismo problema

La primera exposición abordó la inteligencia criminal desde una perspectiva amplia. No apareció reducida a la persecución posterior del delito ni a la acumulación de información policial, sino como una herramienta orientada a comprender fenómenos criminales complejos, anticipar riesgos, aportar a la toma de decisiones y articular respuestas estatales.

Considero que la distinción entre inteligencia e investigación judicial ocupó un lugar relevante, porque permite separar la producción de conocimiento para la decisión de la producción de prueba para el proceso penal. La inteligencia puede orientar, contextualizar, detectar patrones y contribuir a la toma de decisiones, pero no debería confundirse con la prueba judicial, ya que esa diferencia ordena funciones, límites y responsabilidades, y evita que la inteligencia criminal invada espacios que corresponden al proceso penal aún cuando necesite eficacia operativa, controles, garantías y claridad funcional.

También se destacó la necesidad de una comunidad de información más amplia que la comunidad de inteligencia estrictamente entendida. Muchos organismos que no son agencias de inteligencia producen, almacenan o administran información relevante para la prevención de riesgos, como migraciones, fuerzas federales, policías provinciales, sistemas penitenciarios, organismos administrativos, áreas de ciberseguridad, justicia y socios internacionales. Para que esa información tenga valor estratégico, sin embargo, debe ser integrada, analizada y conducida bajo reglas claras.

La exposición permitió advertir, además, el cambio de escala del fenómeno criminal. Las organizaciones criminales ya no operan únicamente mediante medios físicos tradicionales, sino que utilizan criptomonedas, tokenización, deepfakes, phishing hiperpersonalizado, redes digitales, plataformas de comunicación, estructuras financieras opacas y recursos tecnológicos que dificultan la trazabilidad. Esto exige una inteligencia criminal capaz de comprender no sólo el delito como hecho aislado, sino también los sistemas que lo hacen posible, con sus rutas, mercados, tecnologías, vínculos, facilitadores, flujos financieros y conexiones transnacionales.

La segunda exposición desplazó el foco hacia la inteligencia estratégica militar, con una preocupación principal asociada a la necesidad de recuperar una mirada geopolítica amplia. La inteligencia fue presentada como una obligación estatal orientada a identificar oportunidades, amenazas e intenciones en el escenario internacional.

Uno de los puntos que permitiría ordenar esa exposición es el estudio de las intenciones estatales. Frente a la idea de que las intenciones son demasiado cambiantes para ser analizadas, se sostuvo que cuando un Estado compromete leyes, presupuestos, documentos oficiales, discursos, despliegues y prioridades, deja señales observables. Desde esa lógica, la inteligencia estratégica militar no adivina la voluntad de los actores, sino que construye hipótesis a partir de indicios, patrones y decisiones verificables.

Ese enfoque abrió una crítica a las lecturas superficiales o ideologizadas del escenario internacional, en la medida en que la inteligencia estratégica no puede quedar atrapada en el comentario mediático ni en la interpretación inmediata de la coyuntura. Requiere observar tendencias, intereses, capacidades, rutas, recursos, alianzas, vulnerabilidades y proyecciones de poder. En esa línea, la geopolítica apareció como una herramienta para ubicar al país en un mundo atravesado por competencia entre potencias, guerras híbridas, presión económica, desinformación y disputa por activos críticos.

También surgió allí una advertencia metodológica, la necesidad de “no enamorarse del aparatito”. La expresión condensa la idea de que las herramientas técnicas pueden ampliar capacidades, acelerar procesos y facilitar la obtención de información, pero no reemplazan el juicio humano. La HUMINT, la experiencia, la lectura de contexto y la interpretación de intenciones siguen siendo capacidades centrales, lo que no supone rechazar la tecnología, sino evitar que la herramienta sustituya el criterio.

La tercera exposición abordó de manera directa la pregunta por la inteligencia en un tiempo en el que el Estado ya no concentra todos los sensores, datos, plataformas y capacidades analíticas. Allí el problema fue formulado en términos de pérdida del monopolio material estatal sobre ciertos insumos de inteligencia.

El argumento no implica que el Estado haya dejado de ser responsable de la inteligencia, ni supone que el sector privado deba reemplazarlo. La cuestión es más compleja, porque empresas, plataformas, consultoras, proveedores tecnológicos, universidades, centros de pensamiento y actores privados producen, concentran o procesan información de enorme valor, muchas veces con capacidades técnicas superiores, mayor velocidad de adaptación y acceso a datos que el Estado no controla directamente.

Ese escenario plantea una paradoja, ya que en la era de la infoxicación puede haber más datos que nunca y, al mismo tiempo, menor capacidad estatal para convertirlos en conocimiento válido, auditado y útil para decidir. Frente a esa brecha aparecen proveedores privados de software, analítica, ciberseguridad, inteligencia artificial, reconocimiento, vigilancia, procesamiento de datos y apoyo decisional. El problema no parece estar en la existencia de esos proveedores, sino en una dependencia no gobernada, porque cuando el Estado utiliza herramientas que no comprende, algoritmos que no audita o datos cuyo destino no controla, el riesgo no es solamente técnico, sino también soberano.

Uno de los conceptos que permitiría ordenar la tercera intervención es el de control, entendido como capacidad de auditar datos, proveedores, algoritmos, contratos, procesos y responsabilidades. La cuestión decisiva no sería si el Estado puede hacerlo todo solo, porque probablemente no pueda, sino si conserva la capacidad de conducir, certificar, auditar y dirigir el esfuerzo de esas capacidades hacia una finalidad pública.

Algunos ejes que dejó la jornada

Un primer eje transversal fue la idea de la inteligencia como conocimiento orientado a la decisión. Este punto apareció en las tres exposiciones, aunque con lenguajes distintos. La inteligencia no es mera información, ni acumulación de datos, ni opinión calificada sin método, sino una forma de transformar información dispersa en conocimiento relevante, oportuno y útil para quien debe decidir.

Esta distinción exige separar varios planos. El dato, por sí solo, puede ser ruido; la información ya implica cierto contexto; el análisis relaciona, interpreta y discrimina; la inteligencia orienta ese análisis hacia una necesidad concreta de decisión; y la decisión, finalmente, corresponde a quien posee responsabilidad política, estratégica, judicial, militar o institucional. Si el analista decide, se altera su función; si el decisor ignora el análisis, decide con menos elementos; y si se acumulan datos sin método, se produce saturación, no inteligencia.

Otro eje fue la relación entre anticipación y método. La jornada permitió diferenciar entre anticipación profesional y futurología improvisada, porque anticipar no significa predecir mágicamente lo que ocurrirá, sino construir hipótesis, identificar indicadores, observar patrones, estudiar intenciones, contrastar fuentes y reducir incertidumbre. La anticipación, cuando pretende ser útil para la inteligencia, exige método; sin método, se convierte en especulación.

La tecnología también ocupó un lugar central, aunque no como solución automática. Desde la inteligencia criminal se observó que los actores delictivos utilizan herramientas tecnológicas para sofisticar sus operaciones; desde la inteligencia estratégica militar se advirtió que la herramienta no debe reemplazar al juicio humano; y desde la reflexión sobre el fin del monopolio estatal se planteó el riesgo de algoritmos opacos, sesgos, proveedores privados y dependencia tecnológica.

Podría inferirse que una de las claves del debate pasa por incorporar tecnología sin convertirla en fetiche. La inteligencia contemporánea no puede rechazarla, porque los adversarios la utilizan y porque organizaciones criminales, actores estatales, proxies, empresas, grupos terroristas, redes de influencia o estructuras híbridas ya emplean tecnologías digitales, inteligencia artificial, plataformas, datos y herramientas de comunicación para operar con mayor velocidad, alcance y opacidad. Ignorar ese fenómeno implicaría quedar rezagado.

También sería un error creer que la tecnología reemplaza la inteligencia. Las herramientas pueden procesar, clasificar, detectar patrones, acelerar búsquedas o integrar grandes volúmenes de información, aunque no sustituyen la interpretación de intenciones, la comprensión del contexto, la lectura de motivaciones ni la responsabilidad ética y profesional del analista.

Por eso, la HUMINT merece un lugar especial en esta lectura. En un mundo dominado por OSINT, big data, inteligencia artificial y sensores, la inteligencia humana sigue siendo decisiva no sólo por la obtención de información, sino por la posibilidad de comprender matices que no siempre son capturables por medios técnicos, como la confianza, la motivación, la percepción, el engaño, la intención, la oportunidad, el miedo, la presión, la contradicción o el cambio de conducta.

El analista contemporáneo no puede ser ni un nostálgico antitecnológico ni un operador pasivo de herramientas. Debe saber usar tecnología, pero también dudar de ella; debe conocer fuentes abiertas, pero evaluar sesgos; debe aprovechar la inteligencia artificial, pero no delegar en ella la interpretación; y debe integrar información técnica, humana, contextual y estratégica.

La jornada también permitió observar amenazas que desbordan las fronteras clásicas con las que el Estado organizó históricamente sus respuestas. No propongo leer esas amenazas como si fueran equivalentes, porque el crimen organizado no es lo mismo que el terrorismo, la guerra híbrida no es lo mismo que la cibercriminalidad y la disputa geopolítica no equivale a la actividad de proveedores privados de datos. Aun así, se podría pensar que todos estos fenómenos comparten una capacidad de atravesar límites rígidos.

Desbordan fronteras nacionales, porque muchas de estas amenazas operan a escala transnacional; desbordan fronteras institucionales, porque comprometen simultáneamente seguridad, defensa, justicia, economía, política exterior, migraciones, ciberseguridad e infraestructuras críticas; también desbordan fronteras físicas, porque una parte creciente de la vulnerabilidad se encuentra en sistemas digitales, datos, redes, algoritmos y plataformas; e incluso pueden desbordar la frontera entre lo legal y lo ilegal cuando combinan empresas, mercados formales, tecnologías comerciales, redes criminales, actores estatales y estructuras clandestinas.

Esto obliga a repensar la inteligencia. Si las amenazas no se organizan según los compartimentos burocráticos del Estado, la respuesta estatal no puede depender exclusivamente de compartimentos cerrados, por lo que la coordinación deja de ser un asunto administrativo menor y pasa a formar parte del problema estratégico.

En este punto aparece también la protección de infraestructuras críticas. Una infraestructura crítica tiene una dimensión física evidente, como puede ocurrir con un puerto, una central energética, un aeropuerto, una red de transporte, un sistema financiero, una instalación sanitaria o una base de datos estatal; pero sus vulnerabilidades actuales pueden encontrarse en capas menos visibles, como software, sensores, proveedores, comunicaciones, mantenimiento remoto, servidores, nubes, algoritmos, credenciales de acceso o sistemas de control industrial.

Así, la soberanía ya no se juega solo en el territorio físico. También se juega en las dependencias digitales, informacionales y algorítmicas que sostienen el funcionamiento del Estado y de la sociedad.

Tensiones que enriquecieron el debate

La jornada ofreció también perspectivas encontradas sobre las temáticas abordadas, tensiones conceptuales y empíricas que nos permiten, tras su análisis, una construcción desde el disenso. Es justamente valiosa la heterogeneidad de aportes para poder identificar las diferencias de énfasis y matices que aparecieron entre las exposiciones.

Una primera tensión se observa entre la afirmación de que el Estado no debe asumirse inferior a una organización criminal y la idea de que, en ciertos planos concretos, el crimen organizado puede estar más capacitado que los Estados. Esta diferencia no obliga a hablar de contradicción, ya que puede leerse distinguiendo planos. En términos jurídicos, soberanos y potenciales, el Estado posee legitimidad, potestad normativa, capacidad coercitiva y cooperación internacional; en términos empíricos, algunas organizaciones criminales pueden ser más veloces, flexibles, innovadoras o eficaces en el uso de recursos tecnológicos, financieros y de implementación. La cuestión no es quién es más fuerte en abstracto, sino si el Estado logra convertir su superioridad formal en superioridad efectiva.

Una segunda tensión aparece entre la centralidad de la inteligencia criminal y el riesgo de reducir todo el sistema de inteligencia a una lógica penal. La inteligencia criminal es indispensable frente al crimen organizado, el terrorismo, las fronteras, el ciberespacio y los delitos complejos; pero si todo el sistema se organiza únicamente como auxiliar de la persecución penal, se empobrece la mirada estratégica. El Estado necesita perseguir delitos, aunque también necesita anticipar tendencias, proteger intereses vitales, identificar oportunidades, comprender escenarios geopolíticos y diseñar políticas de largo plazo.

Una tercera tensión se vinculó con la guerra. Desde una mirada realista, ciertos conflictos pueden generar oportunidades estratégicas para un país productor de alimentos, energía o recursos críticos; desde otra perspectiva, se recordó que la guerra puede producir beneficios estratégicos para determinados Estados, pero no beneficios para la humanidad. Ambas miradas no se excluyen, aunque pertenecen a registros distintos, y por eso la inteligencia debe ser capaz de identificar oportunidades nacionales en escenarios adversos sin perder de vista el costo humano, político y moral del conflicto.

También apareció una tensión sobre la relación entre los distintos tipos de inteligencia. Una mirada subrayó que todas las inteligencias son necesarias según su función, mientras otra advirtió que, sin ordenamiento, esa pluralidad puede transformarse en dispersión. Ambas ideas pueden dialogar, porque cada nivel y tipo de inteligencia tiene valor, aunque la pluralidad exige arquitectura, conducción y coordinación..

Finalmente, la tecnología apareció como urgencia, herramienta y riesgo. Es urgencia porque los adversarios ya la emplean, es herramienta porque permite ampliar capacidades, y es riesgo porque puede generar dependencia, sesgos, opacidad o pérdida de control. Conservar este triple registro permite evitar tanto el entusiasmo ingenuo como el rechazo nostálgico.

Apreciación final

La inteligencia continúa siendo una función estratégica del Estado, pero ya no puede pensarse con categorías inmóviles. Las exposiciones mostraron delitos transnacionales, flujos digitales, proveedores tecnológicos, fuentes abiertas, escenarios geopolíticos móviles y amenazas que cruzan más de una jurisdicción. En ese contexto, el problema principal no parece ser la falta de datos, sino la capacidad de convertirlos en conocimiento oportuno, confiable y útil para la toma de decisiones.

También queda claro que la inteligencia debe sostener una relación precisa con la decisión. No se trata de reunir información por acumulación ni de producir análisis sin destinatario, ya que la inteligencia adquiere sentido cuando reduce incertidumbre, orienta prioridades y permite decidir mejor. El analista no reemplaza al decisor, pero el decisor que prescinde del análisis queda más expuesto a la improvisación, al sesgo o a la presión de la coyuntura.

La tecnología, por su parte, debería incorporarse con madurez. No usarla sería quedar por detrás de actores que ya la emplean, pero idolatrarla también sería problemático. Las herramientas pueden acelerar procesos, procesar grandes volúmenes de información y detectar patrones, aunque no sustituyen la HUMINT, el juicio profesional, la experiencia ni la comprensión del contexto.

Otra apreciación se vincula con la soberanía, que ya no se juega únicamente en el territorio, las fronteras o las infraestructuras físicas, sino también en los datos, los algoritmos, los proveedores, los sistemas críticos, las plataformas y la capacidad de auditoría. Una infraestructura crítica puede estar físicamente ubicada dentro del territorio nacional, pero depender de software, servicios, comunicaciones o sistemas de control cuya vulnerabilidad excede ese perímetro visible. Por eso, la soberanía de datos y la soberanía analítica se vuelven dimensiones cada vez más relevantes de la autonomía estatal.

La coordinación aparece, entonces, como una exigencia central. Ninguna agencia, fuerza, jurisdicción o actor puede comprender por sí solo fenómenos que atraviesan fronteras nacionales, dominios institucionales y espacios digitales. Pero coordinación no significa desorden ni dilución de responsabilidades, sino reglas, conducción, control y claridad funcional. La cooperación interagencial, internacional, público-privada y académica sólo resulta virtuosa cuando se encuentra ordenada por una finalidad pública y por mecanismos de validación y supervisión.

Una lectura posible de conjunto permite pensar la inteligencia contemporánea como una arquitectura de conducción, confianza y validación. La confianza no fue necesariamente un concepto explícito en todas las exposiciones, pero se desprende de muchas de sus preocupaciones. Sin confianza institucional, la información no circula; sin confianza profesional, el análisis se debilita; sin confianza entre agencias, se duplican esfuerzos o se protege el dato como propiedad burocrática; sin confianza entre Estado y ciudadanía, la inteligencia queda asociada al miedo, al secreto abusivo o a la manipulación; y sin confianza entre Estado y actores privados, la cooperación puede transformarse en dependencia, opacidad o captura.

Pero la confianza, en inteligencia, no puede ser ingenua. Debe estar organizada por reglas, controles, auditorías, responsabilidades y profesionalismo. No se trata de confiar ciegamente, sino de construir condiciones para cooperar sin perder control. En ese sentido, el Estado tal vez ya no pueda ser el único ejecutante de todas las capacidades de inteligencia, pero no puede renunciar a ser su conductor. Esa conducción implica definir prioridades, articular actores, certificar proveedores, proteger datos, auditar herramientas, controlar la legalidad, formar profesionales y preservar la finalidad pública.

De allí surge una última reflexión. No hay soberanía analítica sin analistas formados. La tecnología puede acelerar procesos, pero no reemplaza la experiencia, la ética profesional, la disciplina metodológica ni la capacidad de interpretar contextos. En un entorno donde la información abunda, el valor diferencial no está solo en acceder a datos, sino en saber qué significan, cuánto valen, de dónde vienen, qué sesgos contienen, qué ocultan y cómo pueden orientar una decisión legítima.

Por eso, la formación en inteligencia no debería limitarse a técnicas de obtención o herramientas tecnológicas. Debe incluir método analítico, pensamiento estratégico, geopolítica, derecho, ética, control democrático, HUMINT, OSINT, ciberespacio, protección de infraestructuras críticas y comprensión de los nuevos actores privados y tecnológicos. La inteligencia democrática necesita profesionales formados, decisores responsables, controles eficaces y una cultura pública capaz de distinguir inteligencia de espionaje, análisis de opinión, información de conocimiento, tecnología de criterio y secreto legítimo de opacidad abusiva.

Quizás una síntesis posible de la jornada sea que la inteligencia ya no se define sólo por quién posee información, sino por quién puede ordenarla, validarla, protegerla, interpretarla y convertirla en decisión legítima. En ese proceso, el Estado conserva una responsabilidad indelegable; pero para ejercerla deberá ser capaz de dirigir un entramado más amplio que él mismo, formar profesionales a la altura de los nuevos desafíos y construir confianza suficiente para que el conocimiento circule antes de que los hechos impongan sus consecuencias.

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