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Ormuz: el cierre que reordena la geoeconomía mundial

El estrecho de Ormuz dejó de ser una vulnerabilidad potencial para convertirse en un instrumento de coerción en uso. La prolongación de las restricciones al tránsito está alterando producción, rutas, seguros, inventarios y decisiones estratégicas mucho más allá del Golfo.

Fecha de cierre de la información: 28 de agosto de 2026.

Una crisis que ya no puede medirse sólo en barriles

El estrecho de Ormuz ocupa un lugar singular en la geopolítica contemporánea. Une el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el mar Arábigo, y durante años fue descrito como uno de los principales puntos de estrangulamiento del sistema energético mundial. Esa definición, sin embargo, resulta hoy insuficiente. La guerra iniciada el 28 de febrero de 2026 con ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán transformó una vulnerabilidad conocida en una interrupción efectiva y prolongada del comercio marítimo. Desde entonces, el problema dejó de ser qué ocurriría si Ormuz fuera cerrado y pasó a ser cuánto puede resistir la economía internacional cuando ese paso funciona muy por debajo de su capacidad normal. (Reuters, 2026, 18 de agosto).

La EIA estima que los flujos petroleros identificados a través de Ormuz descendieron de 21,6 millones de barriles diarios en el cuarto trimestre de 2025 a 4,9 millones en el segundo trimestre de 2026: una caída cercana al 77 %. El organismo advierte, sin embargo, que desde fines de febrero de 2026 las señales AIS de los buques que atraviesan Ormuz se volvieron especialmente poco fiables y que las estimaciones de 2026 se revisan con frecuencia a partir de la mejor información disponible. La Agencia Internacional de Energía (AIE) calcula, además, que hacia julio todavía permanecían fuera de producción 8,3 millones de barriles diarios de capacidad del Golfo respecto de los niveles previos a la guerra. (EIA, 2026c; AIE, 2026).

Al 19 y 20 de agosto, el seguimiento de buques difundido por Reuters mostraba cruces de embarcaciones de materias primas en niveles de un solo dígito o apenas superiores. Washington sostiene que el estrecho está abierto; Teherán afirma que continúa cerrado. Más allá de esa disputa, el tráfico permanece gravemente condicionado por amenazas, ataques, seguros y restricciones militares. (Reuters, 2026, 19 de agosto; Reuters, 2026, 20 de agosto).

Por eso, la pregunta central de este artículo no es si Ormuz está formalmente “abierto” o “cerrado”. Es otra: ¿la prolongación de estas restricciones está transformando una crisis regional en una reconfiguración estructural de la geoeconomía energética mundial? La hipótesis es que cuanto más se extienda la interrupción, mayor será la probabilidad de que los actores adapten rutas, contratos, reservas, infraestructura y alianzas de una forma que sobreviva incluso a una eventual reapertura.

Del chokepoint a la coerción geoeconómica

Los puntos de estrangulamiento marítimo son valiosos porque concentran flujos que no pueden ser sustituidos rápidamente. Antes de la guerra, Ormuz reunía cerca de una quinta parte del comercio global de petróleo y gas natural licuado. No era importante únicamente por el volumen, sino por la asimetría entre ese volumen y las alternativas disponibles. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos poseen oleoductos capaces de desviar parte de las exportaciones hacia el mar Rojo o el golfo de Omán, pero la EIA estimaba antes del conflicto una capacidad combinada de aproximadamente 4,7 millones de barriles diarios: muy inferior a los más de veinte millones que atravesaban normalmente el estrecho. (EIA, 2026b).

Esa diferencia convierte el control del tránsito en una herramienta de coerción. El cierre no necesita ser hermético para producir efectos. Cuando la percepción de amenaza alcanza un nivel capaz de alterar los cálculos comerciales, navieras, aseguradoras, bancos y compradores comienzan a modificar sus decisiones aun sin existir una prohibición física general del tránsito. El costo geopolítico se transmite entonces mediante decisiones privadas: una compañía posterga una carga, otra exige una prima adicional, un banco restringe una operación y un comprador busca otro origen. El resultado agregado es una contracción del flujo sin necesidad de detener físicamente cada buque.

La Resolución 2817 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, adoptada el 11 de marzo por trece votos a favor y dos abstenciones —China y Rusia, que objetaron la omisión de los ataques previos de Estados Unidos e Israel—, reflejó tempranamente esta dimensión. Además de condenar los ataques iraníes contra varios Estados del Golfo y Jordania, el texto condenó las acciones o amenazas dirigidas a cerrar, obstaculizar o interferir la navegación internacional en Ormuz y reafirmó la necesidad de respetar los derechos y libertades de navegación. La resolución no resolvió el problema operativo, pero mostró que el estrecho había dejado de ser una cuestión bilateral para convertirse en un asunto de seguridad internacional. (Naciones Unidas, Consejo de Seguridad, 2026).

La coerción también funciona en sentido inverso. Estados Unidos restableció en julio el bloqueo naval sobre puertos y exportaciones iraníes, y el 20 de agosto anunció una nueva fase de presión económica y sanciones. El objetivo declarado es reducir los recursos con los que Teherán sostiene la guerra. En consecuencia, Ormuz se convirtió simultáneamente en instrumento iraní de presión sobre el comercio regional y en espacio de presión estadounidense sobre las exportaciones de Irán. El chokepoint no es sólo una ruta: es parte del campo de batalla económico. La escalada de esa presión resulta mensurable: al 27 de agosto, el Comando Central de Estados Unidos informó que sus fuerzas habían redireccionado setenta y cinco buques comerciales, inhabilitado tres y abordado otros dos para hacer cumplir el bloqueo. (Reuters, 2026, 20 de agosto; U.S. Central Command [CENTCOM], 2026).

La tregua de junio y el problema de la verificación

La experiencia de junio y agosto muestra que una reapertura jurídicamente anunciada no equivale a una normalización económica. El memorando de entendimiento firmado el 17 de junio entre Estados Unidos e Irán estableció un marco de sesenta días para negociar un acuerdo más amplio y contempló medidas destinadas a reducir la tensión sobre Ormuz. El alivio inicial fue suficiente para que los precios internacionales del crudo descendieran con fuerza: la EIA registró un Brent de 69 dólares por barril el 2 de julio. (Reuters, 2026, 17 de junio; EIA, 2026a).

El problema fue que el acuerdo no resolvió las cuestiones centrales de control, inspección, sanciones, libertad de paso y secuencia de cumplimiento. A fines de julio, Omán presentó un mecanismo regional de administración basado en coordinación compartida y aportes voluntarios por servicios de navegación y seguridad. La propuesta ilustraba el núcleo del desacuerdo: Irán buscaba algún grado de supervisión sobre el tránsito, mientras los Estados del Golfo rechazaban un sistema de tarifas obligatorias y Washington defendía la libertad de navegación. (Reuters, 2026, 28 de julio).

Cuando el plazo de sesenta días llegó a su vencimiento el 17 de agosto, las diferencias persistían: Washington descartó extender el acuerdo mientras Teherán anunciaba la posibilidad de una nueva ofensiva sobre el estrecho. (Reuters, 2026, 17 de agosto). El 18 de agosto, autoridades iraníes afirmaron que el estrecho seguiría cerrado hasta que Estados Unidos levantara el bloqueo de puertos iraníes, redujera sanciones, liberara activos congelados y pusiera fin a amenazas y operaciones militares. El presidente estadounidense, por su parte, sostuvo que el paso estaba abierto y que no había negociaciones programadas. Al día siguiente, el tránsito continuaba profundamente deprimido. (Reuters, 2026, 18 de agosto; Reuters, 2026, 20 de agosto).

El 26 de agosto, sin embargo, la negociación registró un avance verificable, aunque todavía no podía hablarse de un acuerdo operativo definitivo. Irán y Omán anunciaron la creación de un corredor marítimo temporal y trabajos conjuntos de desminado, mientras continuaban negociándose aspectos vinculados con el control del tránsito y la distribución de ingresos. La propuesta contempla que los buques que ingresen al Golfo atraviesen aguas iraníes y que parte de la ruta de salida utilice aguas iraníes y omaníes. Teherán sostuvo, al mismo tiempo, que una normalización plena seguía condicionada al cumplimiento estadounidense de sus demandas sobre sanciones, bloqueo de puertos y otros compromisos. (Reuters, 2026, 26 de agosto).

El avance confirma antes que refuta la distinción anterior. La propuesta negociada en Teherán es un mecanismo de administración del tránsito, no una restitución automática de la libertad de navegación. Los detalles de control, autorización y distribución de ingresos seguían bajo negociación al cierre de esta información. De consolidarse ese esquema, la geoeconomía del estrecho no volvería exactamente al punto de partida: parte de la discusión sobre libertad de navegación comenzaría a desplazarse hacia quién administra, garantiza y financia los servicios asociados al tránsito. (Reuters, 2026, 26 de agosto).

El 28 de agosto, la mediación regional sumó un nuevo impulso. Qatar intensificó sus contactos con Teherán y los esfuerzos diplomáticos se concentraron en definir condiciones que permitan normalizar la navegación. Funcionarios iraníes señalaron que estaban elaborando una lista de condiciones para una eventual reapertura, mientras el tránsito comercial seguía muy por debajo de sus niveles habituales. El dato confirma que el centro de gravedad diplomático de la crisis se está desplazando nuevamente hacia las condiciones de funcionamiento de Ormuz. (Reuters, 2026, 28 de agosto).

La lección es metodológica y estratégica. La apertura de un chokepoint no debe evaluarse por declaraciones políticas, sino mediante indicadores verificables: número y tipo de buques, regreso de grandes petroleros y metaneros, reducción de primas de seguro, normalización de cargas portuarias, desaparición de rutas de emergencia y recuperación de inventarios. Mientras esos indicadores no converjan, la reapertura será nominal antes que efectiva.

Esta distinción también importa para los organismos internacionales. En julio, algunas proyecciones de referencia fueron construidas bajo la expectativa de una recuperación gradual de los flujos. En agosto, tanto la EIA como la AIE debieron revisar sus supuestos ante la persistencia de las restricciones. La geopolítica comenzó así a modificar no sólo precios y rutas, sino los escenarios base utilizados para proyectar crecimiento, inflación y demanda energética. (EIA, 2026a; AIE, 2026).

Inventarios, precios y una economía mundial más frágil

El impacto de Ormuz se transmite a la economía mundial por varios canales simultáneos. El primero es el volumen físico. La AIE estimó en agosto que la oferta mundial de petróleo sería en 2026 unos 4,3 millones de barriles diarios inferior, en promedio, a la del año anterior y que el déficit del mercado durante el tercer trimestre alcanzaría 1,8 millones de barriles diarios. Además, los inventarios observados globales habían caído en 410 millones de barriles desde el inicio de la guerra hasta fines de julio. (AIE, 2026).

El segundo canal es el precio. La EIA registró una volatilidad extraordinaria: el Brent cayó a 69 dólares por barril a comienzos de julio con las expectativas de acuerdo y llegó a 105 dólares el 23 de julio cuando reaparecieron los ataques y las restricciones. En su perspectiva de agosto, el organismo elevó en once dólares su previsión para el precio medio del Brent durante el tercer trimestre, hasta aproximadamente 85 dólares. La cotización real volvió a acercarse a los 94 dólares el 20 de agosto a medida que se deterioraban las perspectivas diplomáticas y Washington anunciaba nuevas medidas económicas contra Irán. (EIA, 2026a; Reuters, 2026, 20 de agosto).

El tercer canal es el refinado. Un barril de crudo disponible fuera del Golfo no sustituye automáticamente un barril de diésel, combustible de aviación o gasolina que deja de llegar al mercado. La AIE señaló que las exportaciones marítimas de productos refinados habían caído con fuerza y que los márgenes de refinación en la cuenca atlántica alcanzaron niveles récord. Esta diferencia explica por qué una crisis de rutas puede afectar a consumidores incluso cuando existe petróleo producido en otros lugares. (AIE, 2026).

El cuarto canal es macroeconómico. La actualización de julio del Fondo Monetario Internacional proyectó una inflación mundial de 4,7 % en 2026, frente a 4,1 % en 2025, y destacó que los importadores netos de energía sufren un impacto mayor que los exportadores. Al mismo tiempo, proyectó un crecimiento mundial de 3,0 % en 2026 y 3,4 % en 2027. La persistencia de restricciones en Ormuz debilita la premisa de una normalización relativamente rápida de los costos energéticos y aumenta el riesgo de que la inflación permanezca elevada durante más tiempo. (FMI, 2026).

El efecto no puede resumirse en “petróleo más caro”. El shock interactúa con tasas de interés, deuda, costos logísticos y capacidad fiscal. Los importadores pagan más por energía y enfrentan mayores obstáculos para reducir inflación y tasas. El cierre prolongado transforma un problema marítimo en un problema distributivo.

Asia: el principal espacio de exposición

La vulnerabilidad de Ormuz está distribuida de forma desigual. En el primer semestre de 2025, el 89 % del crudo y condensado que atravesaba el estrecho se dirigía a mercados asiáticos. China, India, Japón y Corea del Sur absorbían en conjunto aproximadamente el 74 % de esos flujos. En 2024, la dependencia era igualmente elevada en gas natural licuado: el 83 % del GNL que atravesaba Ormuz se dirigía a mercados asiáticos, mientras China, India y Corea del Sur concentraban el 52 % del total. (EIA, 2026b).

Esta concentración explica por qué las decisiones de Beijing, Nueva Delhi, Tokio y Seúl son centrales. Para China, el problema combina seguridad de abastecimiento, relación con Irán y riesgo de una ruptura mayor con Estados Unidos. Reuters informó el 19 de agosto que dos grandes compañías chinas de transporte habían suspendido operaciones por Ormuz y Bab el-Mandeb desde fines de julio. (Reuters, 2026, 19 de agosto).

India enfrenta un dilema diferente: su crecimiento y su demanda energética la obligan a diversificar proveedores sin renunciar a crudos competitivos del Golfo. Japón y Corea del Sur, con menor producción doméstica, dependen aún más de la seguridad de las rutas marítimas. En todos los casos, la respuesta probable combina reservas estratégicas, contratos alternativos, mayor competencia por barriles no vinculados al Golfo y presión diplomática a favor de la estabilidad.

La consecuencia estructural es una aceleración de la diversificación. Productores de otras regiones adquieren valor relativo, los contratos de largo plazo ganan atractivo y la seguridad marítima entra más directamente en la planificación energética.

El Golfo y la pérdida de la condición de refugio económico

Durante décadas, varios Estados del Golfo construyeron su inserción internacional sobre una combinación de hidrocarburos, infraestructura, logística, aviación, finanzas y previsibilidad. La guerra de 2026 dañó esa imagen. Ataques contra puertos, aeropuertos, instalaciones energéticas y buques demostraron que la infraestructura destinada a conectar la región con la economía mundial también puede convertirse en objetivo estratégico. (Reuters, 2026, 1 de marzo).

El caso de los Emiratos Árabes Unidos es particularmente revelador. El 19 de agosto, Abu Dhabi suspendió las operaciones financieras y económicas con Irán hasta nuevo aviso, después de atribuir a Teherán el lanzamiento de misiles detectados el día anterior. Irán rechazó la acusación. Más allá de la disputa factual, la decisión emiratí mostró cómo la guerra comienza a erosionar redes comerciales que habían sobrevivido a años de rivalidad política. (Reuters, 2026, 19 de agosto).

Los Estados del Golfo comparten el interés de mantener abiertas las rutas, pero no idénticas relaciones con Irán ni las mismas capacidades. Omán conserva un papel de mediación; Arabia Saudita utiliza su oleoducto Este-Oeste hacia Yanbu; los Emiratos disponen de infraestructura que evita parcialmente Ormuz; Qatar depende críticamente del estrecho para su GNL.

Esa heterogeneidad dificulta una arquitectura común de seguridad marítima. Una solución sostenible requeriría combinar garantías de navegación, mecanismos de verificación, reducción de amenazas y alguna fórmula aceptable para Irán y sus vecinos. Una escolta naval externa puede reducir el riesgo sobre determinados buques, pero no sustituye un arreglo político cuando minas, misiles, drones, inspecciones y puertos forman parte del mismo problema.

El segundo estrecho: Bab el-Mandeb y el riesgo de desplazamiento

La crisis de Ormuz no puede analizarse de manera aislada del mar Rojo. Cuando Arabia Saudita desvió mayores volúmenes hacia Yanbu para evitar el golfo Pérsico, aumentó la importancia de Bab el-Mandeb, la puerta meridional del mar Rojo. La EIA calculó que los flujos de petróleo y líquidos a través de ese estrecho crecieron desde 5,4 millones de barriles diarios en el cuarto trimestre de 2025 hasta 8,1 millones en el segundo trimestre de 2026. (EIA, 2026a).

Ese desplazamiento revela una regla básica de la geoeconomía marítima: evitar un chokepoint puede incrementar la dependencia de otro. En julio, los hutíes volvieron a amenazar los envíos vinculados con Arabia Saudita en Bab el-Mandeb. La EIA reconoció que las rutas alternativas son más largas, costosas y limitadas. La AIE, por su parte, señaló que la combinación de interrupciones en el Golfo y otros corredores estaba reduciendo los volúmenes de petróleo disponibles sobre el agua. (EIA, 2026a; AIE, 2026).

La consecuencia es un sistema de vulnerabilidades encadenadas. Ormuz, Bab el-Mandeb, Suez y los oleoductos de bypass forman parte de una misma arquitectura: la presión sobre un punto desplaza tráfico, costos y riesgos hacia otros.

Por eso, el cierre prolongado de Ormuz no sólo revaloriza rutas alternativas; también expone sus límites. La resiliencia energética depende menos de encontrar un único desvío que de construir redundancia: capacidad de producción geográficamente diversificada, almacenamiento, infraestructura portuaria, oleoductos, flotas y reservas estratégicas.

Implicancias para Argentina y América Latina

Para América Latina, la crisis combina riesgos macroeconómicos con oportunidades energéticas. Los importadores netos de combustibles enfrentan mayores costos externos, presión inflacionaria y deterioro de sus cuentas corrientes. Los exportadores pueden beneficiarse de precios más altos, pero también sufren el encarecimiento del transporte, los fertilizantes, los insumos y el crédito internacional.

Argentina se encuentra en una posición más favorable que en crisis anteriores por el aumento de la producción de Vaca Muerta. El 12 de agosto, la Secretaría de Energía informó una nueva estimación de 30.170 millones de barriles de recursos petroleros técnicamente recuperables. En paralelo, la expansión del shale oil y los proyectos de LNG buscan ampliar la capacidad exportadora. (Secretaría de Energía de la República Argentina, 2026; Reuters, 2026, 13 de agosto).

Esto no significa que un shock de Ormuz sea automáticamente beneficioso. Precios internacionales más altos mejoran los ingresos potenciales de exportación, pero pueden encarecer combustibles internos, aumentar costos logísticos y complicar la política tarifaria. Además, la expansión exportadora argentina depende de infraestructura que requiere años de inversión: oleoductos, terminales, plantas de licuefacción y capacidad portuaria.

La enseñanza estratégica es que la seguridad energética no depende sólo de poseer recursos, sino de producirlos y transportarlos mediante infraestructura confiable. Para Argentina, el valor geopolítico de Vaca Muerta aumentará en la medida en que pueda transformar reservas en flujos exportables previsibles.

Tres escenarios hacia fines de 2026

El primer escenario es una reapertura gradual y verificable. Requeriría un acuerdo que reduzca amenazas, normalice el tránsito de grandes buques, disminuya las primas de seguro y permita recuperar producción. Es el supuesto más favorable y el que todavía subyace a parte de las previsiones energéticas. El corredor temporal acordado entre Irán y Omán constituye, en principio, el mecanismo por el cual ese escenario podría materializarse. Incluso en ese caso, el retorno a patrones previos demandaría meses por la necesidad de reponer inventarios, reactivar pozos y normalizar contratos.

El segundo escenario es de apertura parcial e inestable. El tránsito aumenta, pero continúan ataques esporádicos, inspecciones, amenazas y costos de seguro elevados. Este escenario parece, al 28 de agosto, el más plausible porque permite a las partes reducir los costos extremos sin resolver sus diferencias políticas. La combinación registrada en la última semana de agosto —un avance técnico sobre la administración del tránsito junto con setenta y cinco buques comerciales redireccionados por el bloqueo estadounidense— corresponde exactamente a esa configuración. Su consecuencia sería mantener precios y fletes por encima de los niveles previos a la guerra y consolidar la diversificación de rutas.

El tercer escenario es una nueva escalada. Podría producirse por ataques contra buques, ampliación del bloqueo estadounidense, represalias iraníes o incidentes con Estados del Golfo. En ese caso, el problema dejaría de ser únicamente Ormuz: se intensificaría la presión sobre Bab el-Mandeb, instalaciones energéticas y redes comerciales regionales. El riesgo principal sería una combinación de contracción física de oferta y deterioro de expectativas financieras.

La variable decisiva no será sólo la capacidad militar de las partes, sino su capacidad de controlar la escalada. Los mercados pueden absorber interrupciones temporales mediante inventarios y sustitución. Lo que resulta más difícil de absorber es la incertidumbre prolongada sobre si una ruta estratégica funcionará mañana bajo reglas diferentes a las de hoy.

Conclusión

El estrecho de Ormuz pasó en 2026 de representar un riesgo geopolítico recurrente a constituir una experiencia concreta de interrupción sistémica. La caída de los flujos, la contracción de inventarios, la volatilidad del petróleo, los problemas de refinación y la adaptación de las rutas muestran que el efecto no se limita al costo de la energía.

La principal transformación es conductual. Productores, consumidores, navieras, aseguradoras y gobiernos están modificando decisiones para reducir su exposición. Cuanto más se prolongue la crisis, mayor será la probabilidad de que algunas de esas decisiones se vuelvan permanentes: nuevos proveedores, mayor almacenamiento, rutas alternativas, infraestructura de bypass y acuerdos energéticos de largo plazo.

En ese sentido, Ormuz está reordenando la geoeconomía mundial antes de que exista una solución militar o diplomática definitiva. La reapertura física del estrecho, cuando ocurra, no implicará necesariamente el regreso al sistema previo. El costo estratégico de la crisis ya se mide en inversión desviada, contratos modificados, inventarios consumidos y nuevas percepciones de vulnerabilidad.

La cuestión central, por lo tanto, no es si el comercio volverá a atravesar Ormuz. Lo hará. La cuestión es en qué condiciones, con qué nivel de confianza y dentro de qué arquitectura de seguridad. Allí se decidirá si 2026 fue una perturbación extraordinaria o el momento en que el sistema energético mundial comenzó a reducir estructuralmente su dependencia de uno de sus puntos de estrangulamiento más importantes.

Referencias

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