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Un año nuevo, ¿una nueva Venezuela?

Por Daniel Andrés Birchner.

La madrugada del 3 de enero de 2026, efectivos DELTA del Ejército de Estados Unidos se infiltraron en Venezuela y capturaron al entones presidente, Nicolás Maduro Moro y su esposa, Cilia Flores. La operación se llevó cabo, según sabemos sin bajas en el lado estadounidense pero con numerosas heridos y muertos en el lado venezolano y cubano (gran parte de la escolta de Maduro).

Las defensas antiaéreas de Venezuela, otrora señaladas como sólidas e integradas, no respondieron casi en absoluto. Radares chinos, lanzamisiles S-300 con radares OTH y según declaraciones del mismo Maduro, miles de MANPADS Strela e Igla no desplegaron su función.

Una lvez arribado en Estados Unidos, Maduro fue transportado a Nueva York, donde será juzgado por narcotráfico junto con su esposa.

En Venezuela, el poder ejecutivo fue encargado a Deisy Rodríguez, vicepresidente de Maduro que al momento de la operación, estaba en Moscú 8hacía partido horas antes del operativo). En rueda de prensa del mismo día, el presidente Trump, elogiando la exactitud y eficiencia de la operación, destacó los siguientes puntos:

  • Venezuela sería administrada por Estados Unidos para garantizar una trasferencia de poder ordenada. Ante las preguntas por quién le sucedería (ya que casi todo el elenco circundante de Maduro es partícipe de los mismos crímenes), Trump descartó a María Corina Machado, en base a que si bien últimamente ha sido reconocido su esfuerzo por la reinstauración de la democracia en el país caribeño, la estructura de poder subyacente al Ejecutivo sigue siendo leal o funcional al régimen chavista (lo cual haría, en términos prácticos, inviable cualquier fundamento de poder político real).
  • En el aspecto económico, las sanciones estadounidenses que limitan la operatividad de las petroleras como Chevrón, se reducirían paulatinamente posibilitando una mayor tasa de exportación.

Trump apuntó a Rodríguez como sucesora, en tanto que de acuerdo a la misma Constitución venezolana es lo correcto y porque Rodríguez tiene ventajas como encargada de gobierno: ella junto con su hermano son unos de los 4 pilares del poder chavista en Venezuela. Uno era Maduro, que ya no cuenta, y los otros dos son Vicente Padrino López (Ministro de Defensa, demostró no ser confiable en acuerdos anteriores) y Diosdado Cabello, de paradero desconocido a la fecha. Pero además, el dato estrella es que Rodríguez, además de vice, es también la Ministra de Hidrocarburos: un tema que se volvió sensible para los intereses de Estados Unidos tras el bloqueo a exportaciones de petróleo de mediados de diciembre de 2025.

Ahora bien, ¿qué supone este movimiento para la geopolítica del contiene americano?

Trump quiso (y lo hizo) sacar del poder a un elemento cuya alineación internacional explícita, manejo paupérrimo de la economía y rechazo al aumento de cuotas petroleras a Estados Unidos significa un obstáculo en el control regional del precio de crudo. Adicionalmente, se suma que los aliados económicos de Venezuela, es decir, China y Cuba (sobre todo), eran los receptores del preciado y barato recurso fósil a cambio de préstamos, equipos y sobre todo, soporte internacional diplomático para el régimen.

Desde una perspectiva continentalista, la operación de Estados Unidos puede sonar a una Doctrina Monroe 2.0, según la cual, el invasor ideológico ya no es Europa (como en el siglo XIX), sino Rusia, Irán y China. Cambiar militarmente el gobierno en Venezuela no significa necesariamente acabar con el régimen en términos de represión interna y libertades políticas, pero sí forzar una posición más ambigua con el Este y más abierta a la negociación con Estados Unidos, entendiendo también que: el gobierno de Maduro estaba profundamente condicionado por su alianza con Cuba, cuyos soldados incluso murieron como escoltas de Maduro tras la operación del pasado sábado. El gobierno de Rodríguez, sea breve o extenso, ofrece una plataforma más flexible, menos radical, con la cual el gobierno de Estados Unidos puede desarrollar negocios más estables (jurídicamente) sobre el petróleo.

Y desde una perspectiva más moralista, hoy en día el debate a nivel mundial se centra en que si la operación de captura de Maduro fue legal o no, y si fue legítimo o no usar un medio ilegal para capturar a un gobierno de lo más ilegal que se conoce. Algunos países se pronunciaron fuertemente a favor de la operación, señalándola como un fin que justifica los medios. Otros, con una narrativa más imperialismo-países libres, condenan la intervención como ilegal e ilegítima. Y otros, finalmente, condenan ambas cosas: la operación y el régimen. Es que finalmente se trata de un debate entre legalidad y legitimidad: desde lo legal, hoy Trump podría enfrentar repercusiones locales en el Congreso si las operaciones militares en Venezuela se agravan. En este marco, el Ejecuto norteamericano necesitaría el permiso del Congreso para una operación más extendida, y aún obteniéndola, un fracaso en el terreno caribeño podría costarle a Trump su próxima elección. Por el lado de la legitimidad, es otro sub-debate. Para muchos países del mundo, el gobierno de Maduro era ilegal, y su captura (aunque también ilegal) podría ser un fin legítimo. Pero sigue siendo ilegal, tanto en base a la ley internacional como a la ley venezolana.

En fin, ya nos dice Kaplan que el verdadero terror no está en las dictaduras, sino en la anarquía. Cualquiera que haya vivido la anarquía profunda, entiende que incluso un gobierno ilegal es mejor. Estados Unidos removió a un presidente ilegal (tanto en el país como en el exterior), mediante una operación militar ilegal, para lograr un fin legítimo. Y en lugar de poner en su lugar a una activista de la democracia venezolana como Machado, comprendieron que Rodríguez, aunque forme parte del régimen, aún disfruta de una infra-estructura de poder tanto militar como política que la soporta (beneplácito con el que Machado no contaba: hubiera sido necesario renovar gran parte de los mandos políticos y militares para que Machado no sufriera un golpe militar a horas de subir).

Es un momento de transición, quizás. La región latinoamericana está dividida ideológicamente y es parte, como lo es África y Asia, del Rimland donde se debaten sus influencias las grandes potencias. Estados Unidos afirma su presencia en el dominó que conforman Venezuela, Nicaragua y finalmente, Cuba, el epicentro del Socialismo del Siglo XXI en el continente. Se trata de negocios, de intereses, no de guerras culturales. Tanto ahora, como a partir de los 90’s, Venezuela sufrió la llamada maldición de los recursos al no diversificar su economía, atándose de esa manera a una fórmula que nunca falla: corrupción, dependencia geopolítica y atraso tecnológico. Queda por esperar qué pasos tomará la nueva gestión, cómo resolverá esa aparente disonancia cognitiva que supone hablar en contra del imperialismo al mismo tiempo que se le pide al imperialismo para negociar.

Fuentes:

Analisis de Medios Locales e internacionales

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