Análisis internacionalGeopolíticaPublicaciones

El mundo ya está en guerra (y hasta los polos dejaron de ser neutrales)

Por Mag. Gonzalo Javier Rubio Piñeiro

El sistema internacional ya no se organiza alrededor de la paz como horizonte, sino de la guerra como condición permanente. No una guerra clásica, sino una guerra total fragmentada, multidimensional y administrada. En 2025 esa lógica alcanza incluso a los espacios que el siglo XX creyó intocables: el Ártico y la Antártida. Cuando los polos entran en la ecuación estratégica, el orden mundial ya cambió.

El Panorama geopolítico de los conflictos 2025 del Instituto Español de Estudios Estratégicos no describe simplemente un mundo inestable o atravesado por crisis coyunturales. Describe algo más profundo y perturbador: un sistema internacional que ha normalizado la coerción como forma ordinaria de gobierno global. La violencia —en sus múltiples expresiones— dejó de ser una disrupción del orden y pasó a ser uno de sus mecanismos de funcionamiento. La guerra, la presión económica, las sanciones, la militarización selectiva y la amenaza permanente ya no aparecen como fallas del sistema, sino como herramientas legítimas y recurrentes de la política internacional.

Las cifras que presenta el informe —récords históricos de conflictos armados, guerras prolongadas y muertes asociadas— son el síntoma visible, pero no la enfermedad de fondo. El problema es esencialmente político y estratégico: los conflictos ya no se conciben para ser resueltos, sino para ser gestionados, contenidos o explotados en función de intereses de poder. La resolución negociada pierde centralidad frente a la administración del desgaste, el control de umbrales de violencia y la obtención de ventajas relativas a largo plazo. En este contexto, la guerra dejó de ser un evento excepcional que interrumpe la normalidad internacional y se transformó en el entorno permanente dentro del cual se toman decisiones estratégicas, se reconfiguran alianzas y se redefine el orden mundial.

De la guerra como evento a la guerra como sistema

Ucrania se ha convertido en el caso escuela de la guerra del siglo XXI. No porque sea una guerra “mal resuelta”, sino porque expone con particular crudeza la mutación profunda del fenómeno bélico contemporáneo. En el conflicto ucraniano, la búsqueda de una victoria decisiva en términos clásicos aparece, como mínimo, seriamente condicionada. Ninguno de los actores centrales parece orientar su estrategia hacia el colapso inmediato del adversario, sino hacia objetivos más graduales y calculados: desgaste prolongado, erosión sostenida de capacidades militares y económicas, fatiga social y acumulación de ventajas relativas con proyección futura. El frente se estabiliza en amplios tramos, pero la guerra no se congela: se administra.

Drones, sistemas ISR (Intelligence, Surveillance and Reconnaissance), artillería, munición, infraestructura crítica y, sobre todo, cuerpos humanos: todo se consume lentamente, en un proceso de desgaste que no es accidental, sino estructural. La lógica dominante no es la del golpe decisivo ni la de la maniobra fulminante, sino la de la sangría controlada. La negociación, cuando emerge, tiende a operar menos como un camino efectivo hacia la paz que como una herramienta táctica para ganar tiempo, recomponer fuerzas, aliviar presiones internas o mejorar posiciones relativas antes de una nueva fase de confrontación.

Esta es la lógica central de la guerra total contemporánea: el tiempo se transforma en el arma principal. No vence quien avanza más rápido, sino quien logra sostener el conflicto durante más tiempo sin colapsar política, económica o socialmente. Resistir se vuelve más importante que conquistar; administrar el desgaste, más relevante que maniobrar. En este nuevo paradigma, la guerra deja de ser una carrera hacia la decisión y se convierte en una competencia de resiliencia, donde el verdadero campo de batalla ya no es únicamente el frente militar, sino la capacidad integral de una sociedad para soportar una guerra prolongada, de final incierto y costos acumulativos crecientes.

Oriente Próximo: destruir sin ordenar

Oriente Próximo confirma, con particular nitidez, el patrón central del nuevo orden conflictivo. La degradación operativa de Hamás, el debilitamiento relativo de Hezbollah y la profunda reconfiguración del poder en Siria no produjeron estabilidad ni inauguraron un nuevo equilibrio regional sostenible. Produjeron algo potencialmente más peligroso: fragmentación violenta, vacíos de poder y proliferación de actores armados con capacidad de daño, pero sin voluntad —ni aptitud— para gobernar. Una vez más, la superioridad militar demostró ser eficaz para destruir estructuras visibles, pero incapaz de traducirse en orden político duradero.

En este escenario, el enemigo no desaparece: muta. Las organizaciones derrotadas o erosionadas tienden a disolverse en redes insurgentes, milicias locales o actores híbridos que operan por fuera —o en los márgenes— de los marcos estatales tradicionales. Se eliminan jerarquías formales y centros de mando reconocibles, pero emergen dinámicas más opacas, descentralizadas y difíciles de disuadir, que resisten mejor el control externo y prolongan la inestabilidad. El resultado no es la pacificación del espacio regional, sino la cronificación del conflicto bajo formas más fragmentadas y persistentes.

Este fenómeno expone uno de los límites estructurales del poder militar contemporáneo. La fuerza puede desorganizar, degradar y castigar, pero ya no garantiza capacidad de gobierno ni de ordenamiento sostenible. La guerra total actual rara vez produce finales claros o victorias políticas concluyentes; en su lugar, genera estados prolongados de violencia residual, donde la coerción se ejerce de manera recurrente para evitar el colapso total, sin lograr construir estabilidad duradera. En Oriente Próximo, la violencia dejó de ser un episodio excepcional y se convirtió en una condición estructural del sistema regional, alimentada por rivalidades geopolíticas, fracturas internas profundas y la ausencia de un árbitro internacional con capacidad real de imponer reglas.

La guerra que no parece guerra: coerción económica y normativa

El análisis estratégico contemporáneo converge en un punto que todavía suele subestimarse: la guerra actual ya no necesita tanques, bombardeos masivos ni declaraciones formales para producir efectos estratégicos profundos y duraderos. Aranceles, controles tecnológicos, restricciones a la exportación, estándares ambientales, certificaciones técnicas y sistemas de trazabilidad funcionan hoy como instrumentos de exclusión sistémica, capaces de condicionar economías nacionales, reconfigurar cadenas globales de valor y forzar alineamientos políticos sin recurrir de manera directa a la violencia militar convencional.

No se trata simplemente de comercio ni de regulación técnicamente neutral. Se trata de disciplinamiento estratégico. Estas herramientas no están orientadas prioritariamente a optimizar mercados, sino a imponer comportamientos, premiar adhesiones y penalizar desviaciones consideradas estratégicamente indeseables. Quien define las reglas no solo regula el intercambio: define quién puede producir, quién puede vender, quién accede a tecnología crítica, financiamiento y mercados, y quién queda estructuralmente marginado del sistema internacional. La coerción ya no se ejerce principalmente en el campo de batalla, sino en los nodos logísticos, financieros, tecnológicos y normativos que sostienen el funcionamiento de la economía global.

Esta es la expresión más sofisticada de la guerra total del siglo XXI. Una guerra silenciosa, tecnocrática y profundamente política, donde el poder se ejerce a través de formularios, estándares, auditorías y mecanismos de cumplimiento; donde la exclusión no se proclama, se ejecuta; y donde el conflicto se vuelve permanente precisamente porque no adopta la forma visible y declarada de la guerra clásica. En este escenario, resistir ya no implica únicamente defender territorios o capacidades militares, sino sobrevivir dentro de un sistema internacional diseñado para disciplinar, jerarquizar y excluir de manera estructural.

América Latina: del margen al frente interno

América Latina dejó de ser una periferia relativamente desconectada de las dinámicas centrales del conflicto global. Hoy, la región experimenta una traducción interna de la guerra, en la que lógicas propias del enfrentamiento bélico se filtran progresivamente en la política doméstica bajo la forma de militarización de la seguridad, construcción del enemigo interno y normalización de regímenes de excepción. Ecuador constituye el caso más visible de esta dinámica: la expansión del rol de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interior, la redefinición del crimen organizado como amenaza armada y la suspensión selectiva de garantías configuran un escenario donde la guerra se desplaza del plano interestatal al interior de los Estados, con consecuencias profundas sobre la gobernabilidad y la legitimidad política.

Venezuela representa un estadio aún más delicado y estructural de este proceso. No se trata de una guerra abierta ni de un conflicto convencional, sino de un conflicto encapsulado, sostenido en el tiempo por una combinación de sanciones económicas, aislamiento diplomático, presión internacional persistente, militarización interna y un equilibrio precario de poder político y territorial. No hay declaración formal de guerra, pero existe coerción permanente; no hay batalla decisiva, pero sí desgaste sostenido. Se trata de una guerra que no estalla porque ya está contenida, administrada y utilizada como instrumento de presión, tanto en el plano interno como en el geopolítico.

Venezuela no es un accidente ni una anomalía regional. Es un laboratorio de guerra total de baja intensidad, donde convergen coerción económica, control político interno, disputa geopolítica indirecta y efectos transnacionales claramente observables —migración masiva, tensiones fronterizas, reconfiguración de alianzas regionales—. La persistencia de este conflicto latente no solo impacta sobre la dinámica interna del país, sino que condiciona la estabilidad estratégica de América del Sur, recordando que, en el nuevo orden mundial, incluso las regiones tradicionalmente consideradas “zonas de paz” pueden transformarse en frentes activos de una guerra que ya no necesita declararse para existir.

Del Ártico a la Antártida: cuando los polos entran en la lógica de la guerra

Durante décadas, amplios sectores de la comunidad internacional sostuvieron la idea de que existían espacios situados “fuera” de la lógica del conflicto. Zonas remotas, inhóspitas o jurídicamente protegidas que funcionarían como reservas de cooperación en un sistema internacional crecientemente competitivo. Esa premisa, sin embargo, ha perdido vigencia. La geopolítica contemporánea muestra que no existen geografías estructuralmente inmunes cuando el sistema internacional ingresa en una fase de competencia estratégica sostenida. La distancia, el clima extremo o el amparo normativo ya no garantizan neutralidad política.

El Ártico constituye la prueba empírica más clara de esta transformación. Hoy es un teatro estratégico abierto, atravesado por la apertura de rutas marítimas emergentes, la explotación —real o potencial— de recursos energéticos y minerales, el incremento de la presencia militar y la competencia directa entre grandes potencias. El llamado “excepcionalismo ártico”, basado en cooperación técnica, gobernanza compartida y baja conflictividad, se ha visto crecientemente erosionado frente a la lógica de la rivalidad geopolítica. Allí donde convergen recursos, proyección de poder y control de flujos estratégicos, el conflicto deja de ser una posibilidad abstracta y se convierte en una variable estructural.

Sin embargo, la pregunta más inquietante ya no se limita a lo que ocurre en el Ártico.

La pregunta estratégica central es otra: ¿qué va a ocurrir con la Antártida?

Desde el punto de vista formal, la Antártida continúa amparada por un régimen jurídico internacional que prohíbe la militarización y la explotación de recursos. Ese marco normativo sigue vigente en los textos y en las declaraciones oficiales. No obstante, en la práctica, el consenso muestra signos de erosión gradual. Se expande la presencia científica —cada vez más costosa, permanente y tecnológicamente sofisticada—, se despliega infraestructura con potencial uso dual, crece el interés estratégico por recursos a futuro y se consolida un posicionamiento logístico que, llegado el momento, puede traducirse en influencia política y capacidad de control efectivo.

En este sentido, la Antártida es hoy lo que el Ártico fue hace aproximadamente tres décadas: un espacio aún regulado, formalmente cooperativo, pero ya observado, medido y planificado bajo criterios estratégicos. No constituye todavía un escenario de confrontación abierta, pero ha dejado de ser un territorio políticamente inocente. La lógica de la anticipación estratégica ya opera sobre él.

La experiencia reciente ofrece una lección clave que muchos análisis prefieren eludir: cuando el sistema internacional entra en una fase de competencia abierta, los tratados rara vez desaparecen de manera abrupta; se vacían progresivamente desde dentro. Continúan existiendo en el plano jurídico mientras son reinterpretados, tensionados o bordeados por aquellos actores con mayor capacidad material, tecnológica y política para hacerlo.

Cuando los polos —norte y sur— comienzan a integrarse plenamente a la lógica de la competencia estratégica, el conflicto deja de tener periferias claras. Ya no existen espacios verdaderamente neutrales; existen, apenas, espacios que aún no han sido disputados de manera abierta. Y en un sistema internacional estructurado por la coerción permanente, esa condición siempre resulta transitoria.

Conclusión: el mundo después de la negación

El problema central del escenario internacional contemporáneo no es la falta de información ni la ausencia de diagnósticos sofisticados. Es algo más profundo y más incómodo: la persistencia de una negación estratégica. El mundo no se encamina gradualmente hacia un período más peligroso; ya ingresó en una fase en la que la coerción permanente estructura las relaciones de poder. Aquello que muchos continúan interpretando como una sucesión de crisis independientes responde, en realidad, a un nuevo modo de funcionamiento del sistema internacional.

No estamos ante un simple aumento cuantitativo de guerras.

Estamos ante conflictos que no terminan, que se prolongan deliberadamente, se dosifican, se administran y se integran de manera orgánica a los cálculos políticos de los Estados y de los actores con capacidad efectiva de poder. La guerra deja de ser una ruptura excepcional del orden y se convierte en una herramienta normalizada de gestión estratégica.

Tampoco estamos frente a un orden meramente inestable que pueda corregirse mediante ajustes marginales, cumbres diplomáticas periódicas o declaraciones multilaterales de buena voluntad.

Estamos frente a un orden construido sobre la presión constante, donde la fuerza —militar, económica, tecnológica y normativa— reemplaza progresivamente a la estabilidad como principio organizador. En este marco, la paz deja de ser el horizonte natural del sistema y pasa a ocupar un lugar secundario: una pausa táctica, frágil y reversible.

Cuando incluso espacios históricamente concebidos como neutrales —como la Antártida— comienzan a ser pensados en términos estratégicos, logísticos y de proyección futura, el mensaje resulta inequívoco: la lógica del conflicto ya no reconoce periferias claras. La competencia se expande a todos los dominios, a todos los territorios y a todas las escalas. No siempre adopta la forma visible y declarada de la guerra clásica, pero opera bajo la misma lógica de fondo: imponer condiciones, limitar opciones estratégicas y desgastar al adversario en el tiempo.

Negar esta transformación no la detiene.

Persistir en marcos conceptuales heredados del pasado no reduce los riesgos ni restaura la estabilidad.

Por el contrario, debilita la capacidad de anticipación, de decisión y de supervivencia estratégica en un mundo donde la guerra dejó de ser la excepción visible y se convirtió en la regla no declarada del orden internacional contemporáneo.

Bibliografía

  • Antarctic Treaty Secretariat. (1959). The Antarctic Treaty. https://www.ats.aq/e/antarctictreaty.html
  • Antarctic Treaty Secretariat. (1991). Protocol on Environmental Protection to the Antarctic Treaty (Madrid Protocol). https://www.ats.aq/e/protocol.html
  • Bull, H. (1977). The anarchical society: A study of order in world politics. Macmillan. ISBN 978-0-231-12527-4
  • Freedman, L. (2013). Strategy: A history. Oxford University Press. ISBN 978-0-19-932515-3
  • Instituto Español de Estudios Estratégicos. (2025). Panorama geopolítico de los conflictos 2025. Ministerio de Defensa de España. https://www.defensa.gob.es/ceseden/ieee/publicaciones
  • Kaldor, M. (2012). New and old wars: Organised violence in a global era (3rd ed.). Polity Press. ISBN 978-0-7456-5281-8
  • Luttwak, E. N. (1990). From geopolitics to geo-economics: Logic of conflict, grammar of commerce. The National Interest, (20), 17–23. ISSN 0884-9382
  • Mearsheimer, J. J. (2001). The tragedy of great power politics. W. W. Norton & Company. ISBN 978-0-393-02025-0
  • Smith, R. (2005). The utility of force: The art of war in the modern world. Allen Lane. ISBN 978-0-7139-9878-7
  • Strange, S. (1998). States and markets: An introduction to international political economy (2nd ed.). Continuum. ISBN 978-0-8264-7393-7
  • Uppsala Conflict Data Program. (2025, June 11). Sharp increase in conflicts and wars. Uppsala University. https://ucdp.uu.se
  • von Clausewitz, C. (1989). On war (M. Howard & P. Paret, Trans.). Princeton University Press. (Original work published 1832). ISBN 978-0-691-05657-6

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.